Un juego para comenzar el año nuevo

¡Espero que hayas tenido un lindo festejo de fin de año anoche! No suelo mandar mensajes muy seguidos, pero esta vez me pareció que valía la pena hacerlo para invitarte a jugar.

Anoche, por las precauciones propias de la pandemia, pasé la celebración con mi esposa y mis tres hijos adolescentes. En general solemos estar en reuniones más numerosas y esto de ser poquitos nos abrió la posibilidad de un festejo distinto. Con mi esposa tuvimos la idea de armar un juego: cada uno debía responder siete preguntas respecto de lo que vivió en el 2020 y de lo que quería a futuro, armando una respuesta que fuera la correcta, pero también cuatro opciones más que no fueran las elegidas. Nos tomó unos quince minutos a cada uno pensarlo y escribirlo.

Después nos juntamos en la mesa y fuimos leyendo por turno en voz alta las opciones para cada pregunta. El objetivo era que los demás tratáramos de adivinar cuál era la correcta para así sumar puntos. Algunos incluimos algunas respuestas en broma que claramente no eran pero despertaron carcajadas en los demás, aparte de otras muy verosímiles que hacían dificil identificar la acertada.

¡Salió muy lindo y divertido! Lo importante fue el ejercicio de reflexionar un poco cada uno, compartirlo y escuchar a los demás. Fue una charla que tuvo montones de risas y el punto justo de introspección compartida.

Así que quiero invitarte a que, si tenés ganas, hagas lo mismo. Que esta noche, o mañana, o cuando quieras, juegues este juego con quienes quieras. Incluso puede ser interesante hacerlo sola o solo como ejercicio de reflexiómn. ¡Y hasta se puede hacer por zoom, bien estilo 2020!

Si te gusta la idea, que elegimos nosotros y los renglones para que cada uno complete sus opciones. Obviamente que podés cambiar, agregar o quitar preguntas para adaptar el juego a lo que te resulte mejor.

Por si elegís jugarlo con otros, también te dejo una planilla para que cada uno vaya cargando el número de la respuesta que crea correcta de los demás. Después al final cada uno tiene que ir diciendo cuáles eran las opciones y develando (con un poco de suspenso!) cuál era la correcta para que cada uno calcule su puntuación. Si querés puede haber un premio sencillo para el ganador, pero no es imprescindible.

Una de las conclusiones principales de mi última columna fue que las personas que más felices se sintieron en el año tan difícil que acaba de terminar fueron aquellas que lograron vivir sus vidas alineando sus tiempos con sus valores y prioridades más profundas. Y así, jugando, cada uno de nosotros pensó un poco en lo que aprendió en el 2020 y lo que desea a futuro, para darnos una ayudita en el proceso de saber qué anhelamos y pasarla un poco mejor en el año que comienza.

¡Ojalá te guste la idea y disfrutes del juego! Si te gustó podés reenviarle este mensaje a otras personas a las que creas que les puede gustar. 

Mi deseo para el año que comienza es justamente el que te decía recién: ¡que logres enfocar tu tiempo y tu esfuerzo en lo que sea realmente prioritario y valioso para vos!

¡Un gran abrazo!

La vida después de la pandemia, parte final: La búsqueda de un nuevo equilibrio

A lo largo de esta serie de notas sobre la cuarentena me propuse mostrarte que, entre tanta preocupación e incertidumbre, algunas de las limitaciones que la pandemia nos impuso podían generar aprendizajes que mejoren nuestra calidad de vida en adelante. Dejé para el final el más importante de estos cambios forzados: bajar nuestro ritmo de vida y disminuir la atención en las cosas materiales para privilegiar nuestra relación con las demás personas.

Ahora quiero contarte sobre uno de los estudios científicos más impresionantes jamás realizados: el Estudio del Desarrollo de Adultos. Todo comenzó en la Universidad de Harvard hace más de 80 años. Allí se seleccionó a un grupo de personas y a partir de ese momento se intentó documentar año tras año cada aspecto de sus vida: análisis de sangre, estudios a sus cerebros, entrevistas con ellos, con sus parientes, con sus amigos, etcétera.

¡Ese seguimiento todavía continúa, casi un siglo después, con los últimos sobrevivientes, todos ellos mayores de 90 años! En estas ocho décadas pasó de todo: siguieron profesiones de lo más variadas, algunos enloquecieron, otros enfermaron. ¡Incluso uno llegó a ser uno de los más célebres presidentes de los Estados Unidos!

¿Qué se aprendió de semejante esfuerzo? El resultado fue haber identificado el más importante de los hábitos para alcanzar la felicidad. De todas las características relevadas, la que mejor permite predecir el grado de satisfacción vital de una persona es. la calidad de las relaciones humanas que cultiva. Quienes más y mejor viven son aquellos que mantienen vínculos de amistad, familiares y comunitarios fuertes. Los más aislados sufren más, su salud se deteriora más rápido y acaban muriendo antes.

Esta conclusión puede parecer obvia, y sin embargo, muchos de nosotros vivimos convencidos de que lo que nos falta para sentirnos satisfechos es lograr ese ascenso que nos es esquivo, cambiar el auto por uno más nuevo u otras metas similares, buscando la felicidad allí donde no está: en la posesión de cosas materiales en lugar de en la relación con las personas.

Quizás la cara más simpática de nuestra imposibilidad de consumir con normalidad en estos meses de aislamiento sea la necesidad imperiosa de visitar al peluquero. A medida que las semanas avanzan, cada vez vamos teniendo un aspecto más salvaje, pero también más sincero, sin nadie que emprolije nuestro cabello ni oculte nuestras canas. Con la mayoría de los negocios cerrados, nuestro gasto se concentró en alimentos, productos de farmacia y no mucho más. Y más allá de nuestro esfuerzo por teletrabajar, la caída en el nivel de actividad general empujó a muchos a bajar el ritmo, cancelar viajes, posponer reuniones.

Al mismo tiempo, debimos dedicar más horas a ayudar a nuestros hijos con las tareas, a conversar con nuestras parejas, a acompañar a los adultos mayores cercanos, a empatizar con los profesionales de la salud o quienes peor la están pasando en este difícil contexto.

De aquí a un tiempo, si lo deseamos, podremos volver a estar menos en casa, correr a lo loco, ver menos a nuestros seres queridos y volver a pelear por aquel esperado ascenso o cambio de auto. Pero también podremos tomar una decisión distinta y procurar un nuevo equilibrio para nuestras vidas. Ese es el mayor aprendizaje que puede ofrecernos esta pandemia. Cuando esta enfermedad finalmente quede atrás, ¿realmente querremos volver a la normalidad ?

Esta nota es la sexta de una serie de siete artículos sobre el impacto de la pandemia que escribí para la Revista La Nación. Podés leer las notas anteriores aquí:
Parte 1: ¿Quisieras que todo vuelva a ser como era?
Parte 2: El encierro humano y el alivio del ambiente
Parte 3: Un día sin médicos, repartidores, docentes, etc.
Parte 4: La pandemia, una tragedia anunciada
Parte 5: La enfermedad de la globalización
Parte 6: Las clases virtuales y el futuro de la educación

La vida después de la pandemia, parte 6: Las clases virtuales y el futuro de la educación

La cuarentena forzada por la pandemia tuvo dos efectos contrapuestos: mientras que algunas actividades se detuvieron por completo, otras se vieron transformadas a un ritmo sin precedentes. Una de ellas es la educación. Si bien hace más de una década que se habla de innovación educativa, hasta acá casi no se habían realizado grandes cambios. La suspensión de las clases presenciales nos obligó de improviso a armar una modalidad de emergencia a través de clases remotas y a hacer más cambios en dos meses de los que habíamos realizado en las últimas dos décadas.

El sistema que debimos montar para mantener la continuidad del proceso educativo tiene falencias importantes, producto del apuro, la falta de entrenamiento de docentes y alumnos, la escasez de herramientas tecnológicas en los hogares y varios otros factores. Resulta claro que el futuro de la educación no pasa por mantener a los estudiantes en sus casas. Sin embargo, el mecanismo de clases virtuales está generando aprendizajes fundamentales para que muchos de los cambios obligados por la pandemia sirvan de base para construir un proceso educativo distinto hacia adelante. Una encuesta que realicé y que incluyó a más de 8000 personas, entre docentes, madres/padres y estudiantes, arrojó resultados muy alentadores de cara al futuro y me gustaría mencionar algunos.

En primer lugar, estos han sido tiempos de un enorme aprendizaje por parte de los docentes y los chicos en el uso de plataformas tecnológicas. Prácticamente todos los encuestados se sienten mucho más cómodos con estas herramientas ahora de lo que estaban apenas dos meses atrás. Ese conocimiento quedará como legado de este momento y servirá de base para mantener un mayor uso de tecnología hacia adelante.

En segundo lugar, las circunstancias nos forzaron a abandonar el método de evaluación más habitual: la clásica prueba escrita a libro cerrado, con respuestas que se aprenden de memoria y se olvidan un minuto después de que el examen finaliza. En este contexto es imposible evitar que los chicos se copien o directamente usen Google para dar la respuesta. Como resultado, la mayoría de las evaluaciones están siendo a libro abierto o a través de la preparación de monografías, alternativas generadoras de habilidades mucho más importantes que la memorización de corto plazo.

En tercer lugar, la falta de una computadora propia de muchos de los chicos argentinos forzó a que muchas de las lecciones fueran grabadas en video, para que cada uno pudiera verla en el momento que le resultara posible. Esto abre la puerta a la posibilidad de invertir el sentido del aula: en vez de escuchar pasivamente al docente en la escuela y hacer la tarea en casa, mover parte de la teoría a los hogares para aprovechar al máximo la interacción social que posibilitan las instancias presenciales.

Finalmente, la otra gran noticia es que se rompió la inercia de no cambiar. Dos tercios de los docentes y madres/padres encuestados desean que alguno de estos cambios se mantenga una vez que la pandemia quede atrás y finalice el aislamiento.

Más allá de los tiempos difíciles que tenemos por delante, quizás en diez años miremos para atrás y nos sorprenda que la siempre postergada innovación educativa haya sido finalmente acelerada por un peligroso organismo microscópico.

Esta nota es la sexta de una serie de siete artículos sobre el impacto de la pandemia que escribí para la Revista La Nación. Podés leer las notas anteriores aquí:
Parte 1: ¿Quisieras que todo vuelva a ser como era?
Parte 2: El encierro humano y el alivio del ambiente
Parte 3: Un día sin médicos, repartidores, docentes, etc.
Parte 4: La pandemia, una tragedia anunciada
Parte 5: La enfermedad de la globalización

La vida después de la pandemia, parte 5: La enfermedad de la globalización

Hay muy pocas situaciones en la vida en las que podemos tener la certeza de estar atravesando un momento histórico. Este es uno: lo que estamos protagonizando quedará en los libros y será estudiado por las generaciones siguientes. Quizás el rasgo más destacado sea que este es el primer acontecimiento verdaderamente global. Nunca antes había estado el planeta entero enfrentado a una misma situación al mismo tiempo , con las herramientas de comunicación para saber qué está pasando en cada rincón del globo. Tecnología y movilidad mediante, jamás fue tan cierto que vivimos todos en un único lugar y que, aggiornando el célebre proverbio chino, «el leve aleteo de una mariposa en Wuhan puede causar un tornado en Milán».

¿Qué dirán los libros de nuestro manejo de esta crisis?

La historia quizás cuente que en esta realidad global interconectada enfrentamos la pandemia exacerbando las diferencias y los personalismos. En vez de dar una respuesta internacional concertada y unívoca, los líderes de algunos países destinaron la energía en asignar culpas por el origen del virus, otros minimizaron las consecuencias y se exhibieron públicamente desafiando las precauciones sanitarias y otros adoptaron cuarentenas con diferente grado de rigurosidad y cumplimiento.

No solo nos fraccionamos entre naciones. Dentro de los países, algunas provincias cerraron sus fronteras internas o adoptaron medidas contrapuestas a las decididas por sus respectivos gobiernos centrales. En ciertos casos, ocurrió lo mismo en escala aún más pequeña, con municipalidades yendo a contramano de sus provincias o países. Muchas jurisdicciones midieron la capacidad de sus infraestructuras sanitarias y se aprestaron a cuidar a los suyos, evitando tener que socorrer al de lado. En el límite, dentro mismo de los edificios, hubo vecinos que repudiaron el regreso a sus viviendas de los trabajadores de la salud que también residían allí por miedo a contagiarse.

La disparidad de criterios entre territorios adyacentes acentuó la necesidad de aislamiento de los más precavidos, empujados a limitar al extremo la movilidad para evitar importar casos de los lugares con menos restricciones. Personas que quedaron del lado equivocado de una línea al momento de congelar las fronteras se encontraron con enormes dificultades simplemente para regresar a sus casas.

En definitiva, enfrentados al acontecimiento más global de la historia, respondimos dividiéndonos, descoordinándonos, segregándonos, echándonos culpas.

Como mencioné en mi nota anterior, la que estamos atravesando no será la última pandemia, y existen además otros riesgos existenciales. Hoy, unos pocos países controlan el desarrollo de tecnologías de enorme potencial pero alto riesgo, como la inteligencia artificial, la biotecnología y las herramientas de vigilancia masiva. Y tenemos por delante desafíos poblacionales, medioambientales y muchos otros. Si como humanidad queremos estar a la altura de estos peligros globales, tenemos el desafío de empezar a pensar y actuar globalmente.

Somos una sola especie viviendo en un solo planeta. Y esta pandemia nos enfrenta de manera clara a los límites de nuestro pensamiento, lleno de sálvese quien pueda, personalismos y fronteras imaginarias.

¿Estaremos a la altura de la historia que estamos escribiendo?

Esta nota es la quinta de una serie de siete artículos sobre el impacto de la pandemia que escribí para la Revista La Nación. Podés leer las notas anteriores aquí:
Parte 1: ¿Quisieras que todo vuelva a ser como era?
Parte 2: El encierro humano y el alivio del ambiente
Parte 3: Un día sin médicos, repartidores, docentes, etc.
Parte 4: La pandemia, una tragedia anunciada

La vida después de la pandemia, parte 4: La pandemia, una tragedia anunciada

Al momento de escribir esta nota llevo dos meses en cuarentena, sin salir de mi casa. No sé si también te pasa, pero en muchos momentos tengo ataques de incredulidad: jamás imaginé vivir algo así. Parece una mala película de ciencia ficción. ¡Todo esto es tan inesperado! ¿O no?

Tal vez te sorprenda saber que esta pandemia no solo no es inesperada: desconocíamos la fecha y el lugar exactos, pero era una certeza que en algún momento iba a ocurrir. En 2014, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, declaró: «Probablemente llegará el momento en que haya una enfermedad mortal que se propague por el aire. Para enfrentar esa situación debemos crear una infraestrutura, no solo aquí sino globalmente, que nos permita detectarla rápido, aislarla rápido y responder rápido. Así, para cuando un nuevo virus aparezca, en cinco años o una década, habremos hecho la inversión y estaremos preparados para poder detenerlo».

Un año después, en una impactante charla TED, el emprendedor y filántropo Bill Gates se ocupó no solo de avisarnos de nuevo, sino también de mostrar que en los años previos ya habíamos tenido numerosas advertencias. La primera fue el SARS, que apareció también en China en 2002 y era causada por un coronavirus tan similar que su nombre técnico es SARS-CoV-1 y el actual es el SARS-CoV-2. Luego vinieron la gripe A en 2009, el MERS en 2012 y el brote de ébola en África en el 2014. Tampoco escuchamos esos mensajes.

La peligrosidad de una enfermedad depende de varios aspectos como el grado de contagiosidad, la duración del período de incubación y el de contagio, la dificultad de detección y diagnóstico, y la tasa de mortalidad. En los casos anteriores tuvimos suerte: la combinación de estos factores no había sido la «correcta» y esas epidemias pudieron ser evitadas con un número limitado de víctimas y un impacto controlado sobre la vida diaria de las personas y sobre la economía mundial. En vez de despabilarnos y hacernos oír las advertencias, el haber evitado esas potenciales tragedias nos permitió seguir siendo negligentes e ignorando el riesgo. Hasta que llegó este coronavirus y lo inesperado sucedió.

La velocidad con la que la ciencia y la tecnología están desarrollando posibles vacunas, tratamientos y protocolos para evitar la expansión de la enfermedad, es asombrosa. En menos de seis meses hemos hecho avances notables. Pero aún más sorprendente resulta el grado de improvisación y falta de preparación que mostraron los primeros países afectados, así como también muchas otras naciones del primer mundo, que pese a contar con la experiencia anterior de Italia y España eligieron demorar sus respuestas. Hoy los superan en número de contagiados y de víctimas fatales.

A la vez, esta no es la única calamidad anunciada. El Centro para el Estudio de los Riesgos Existenciales de la Universidad de Cambridge sostiene que las principales amenazas a la vida misma son generadas por la propia humanidad, incluyendo el bioterrorismo y la pérdida de control de ciertas tecnologías. El riesgo más evidente hacia adelante quizás sea el cambio climático y la degradación ambiental. ¿Escucharemos esta vez las advertencias? ¿O repetiremos el error hasta que sea demasiado tarde? El momento de cambiar para evitar el próximo desastre es ahora.

Cuando esta enfermedad finalmente quede atrás, ¿realmente querremos volver a la normalidad?

Esta nota es la tercera de una serie de siete artículos sobre el impacto de la pandemia que escribí para la Revista La Nación. Podés leer las notas anteriores aquí:
Parte 1: ¿Quisieras que todo vuelva a ser como era?
Parte 2: El encierro humano y el alivio del ambiente
Parte 3: Un día sin médicos, repartidores, docentes, etc.

La vida después de la pandemia, parte 3: Un día sin médicos, repartidores, docentes, etc.

Quince años atrás, la película Un día sin mexicanos retrató en tono de sátira las hipotéticas consecuencias de que sorpresivamente desaparecieran todos los mexicanos del Estado de California. La falta de este grupo, con frecuencia relegado a trabajos físicos de poca notoriedad y mal remunerados, rápidamente ocasiona el colapso de muchos servicios esenciales, como la recolección de residuos, la limpieza doméstica o la cosecha de productos agrícolas, y otros efectos inesperados. En poco tiempo, la situación deja a la economía del mayor estado norteamericano al borde de la implosión. Cuando finalmente los mexicanos reaparecen, hasta los oficiales de inmigración -que normalmente los hostigaban en los cruces fronterizos- celebran con alivio su regreso.

La premisa del film parece absurda, y sin embargo, la cuarentena nos ubicó en una situación parecida. Por un lado, el aislamiento obligatorio forzó a quedarse en su casa a todas las personas con tareas no esenciales. Personal de limpieza y de mantenimiento, empleados de atención al público, docentes, científicos y muchos otros se vieron imposibilitados de cumplir sus tareas con normalidad.

Ser padres y madres durante este período de encierro es una ocupación de tiempo completo, las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. En este contexto extraño, se vuelve claro en qué medida buena parte de ese tiempo está normalmente tercerizado en las instituciones educativas, niñeros, vecinos o familiares. Quienes tenemos la suerte de que nuestros hijos estén recibiendo algún grado de enseñanza online podemos ver el esfuerzo de tantos docentes: peleando contra sus barreras tecnológicas, la mala conectividad y estando a cargo de sus propios chicos y hogares, hacen posible que la educación siga adelante. Curiosamente, ¡la ausencia de todos aquellos que realizan tareas no esenciales destacó como nunca lo esenciales que resultan sus tareas!

Por otro lado, están aquellos cuyo trabajo es tan importante en este escenario que ni siquiera gozan de la prerrogativa de aislarse y protegerse. Los trabajadores de la salud, médicos y enfermeros arriesgan su propia salud, en muchos casos sin disponer de los medios de protección que reduzcan su propio riesgo de contagio. Después deben regresar a sus hogares, exponiendo también a quienes conviven con ellos y enfrentando en ocasiones el inconcebible y desagradecido rechazo de sus vecinos cercanos. El aplauso cada noche, a las 21, es una pequeña muestra de apreciación al valor de todas estas personas cuyos aportes habitualmente pasan inadvertidos.

Hay muchos otros grupos aun menos reconocidos por la sociedad, que también merecerían su propia ovación. El personal de seguridad, los trabajadores de la alimentación, de las farmacias, los repartidores, los científicos, los recolectores de residuos y muchos otros le ponen a diario el cuerpo a la pandemia para que la vida de los que tenemos la suerte de poder aislarnos prosiga lo más llevadera posible.

En definitiva, ojalá un aprendizaje clave de esta pandemia sea la importancia de esos roles invisibles, que a futuro se traduzca no solo en un aplauso simbólico sino en una mayor valoración social y una mejor remuneración para quienes las llevan a cabo.

¿Cuando esta enfermedad finalmente quede atrás, ¿realmente vamos a querer volver a la normalidad?

Esta nota es la tercera de una serie de siete artículos sobre el impacto de la pandemia que escribí para la Revista La Nación. Podés leer las notas anteriores aquí:
Parte 1: ¿Quisieras que todo vuelva a ser como era?
Parte 2: El encierro humano y el alivio del ambiente

La vida después de la pandemia, parte 2: El encierro humano y el alivio del ambiente

Seguramente hayas visto alguna de las imágenes que circulan por las redes. Jabalíes caminando por el centro de Barcelona y Tel Aviv. Cientos de monos dominando la escena en las ciudades de Tailandia. Ciervos pastando en los espacios verdes de los suburbios de Osaka. Delfines disfrutando las aguas calmas en los puertos italianos. Peces, sí, ¡peces!, nadando en las normalmente inhóspitas aguas del Riachuelo.

Si vivís en una gran cuidad, seguramente también hayas notado otros cambios: los atardeceres de Buenos Aires lucen espectaculares, despojados de la normal nube gris generada por la contaminación producto de la actividad humana. El aire tiene otro olor, que no es otro que ¡olor a aire! Y el silencio. O, mejor dicho, los sonidos sutiles del espacio que nos rodea, acallados diariamente por el ruido constante de los autos, colectivos, obras en construcción y otras tareas cotidianas. No queda lugar a dudas: el planeta entero, aliviado, festeja nuestro encierro.

¿Te preguntaste dónde estaban todos estos animales antes de que comenzara el aislamiento? La respuesta es simple: están saliendo de la cuarentena en la que viven siempre, acorralados a los márgenes del mundo a los que los empuja la invasión humana de sus hábitats. La ocupación y la transformación que hacemos de los espacios naturales es la principal causa de la megaextinción de fauna que estamos viviendo, la mayor en millones de años.

En muchos lugares del mundo, la cuarentena ya está terminando y la vida retoma su ritmo habitual. En Wuhan, foco inicial de esta pandemia, la búsqueda de un rebote rápido a la caída de la economía está llevando no solo a volver a contaminar, sino a hacerlo más intensa y velozmente que antes. Reinician también los mercados húmedos y el tráfico de fauna salvaje, que en este caso nos tuvo como perjudicados a nosotros, pero afecta de manera continua a los animales desde hace décadas. El nuevo escenario parece encaminarse a ser aún peor que el anterior a la llegada del SARS-CoV-2 y el Covid-19.

Llamamos a los demás seres vivos, animales y vegetales, recursos naturales. Los usamos apenas como herramientas para alcanzar nuestras metas, para alimentar nuestra maquinaria de expansión y consumo. Nada nos detiene: avanzamos aun cuando ello implique someterlos a condiciones de vida antinaturales o llevemos a muchas especies a la extinción.

Esta pandemia nos enfrenta a un momento sumamente difícil, pero también ofrece una oportunidad extraordinaria. Nos permite ver como nunca, con total claridad, las consecuencias de nuestras decisiones y hábitos cotidianos: cómo nos movemos, cómo trabajamos y cómo nos alimentamos ¡influyen rápida y profundamente en los grandes problemas medioambientales del mundo!

Pienso en el momento en que la relajación del aislamiento obligatorio permita que las empresas que vierten sus desechos tóxicos río arriba vuelvan a abrir sus grifos, y matemos masivamente a los incautos peces que osaron invadir el Riachuelo, invitados por nuestra pausa. O cuando un conductor apurado o distraído atropelle a los monos, jabalíes y ciervos que creyeron, por un momento, que también tenían derecho a transitar el espacio público de nuestras ciudades.

Cuando esta enfermedad quede atrás, ¿realmente querremos volver a la normalidad?

Esta nota es la segunda de una serie de siete artículos sobre el impacto de la pandemia que escribí para la Revista La Nación. Si te interesa profundizar sobre el tema, te invito a escuchar el último episodio de mi podcast al respecto.
Parte 1: ¿Quisieras que todo vuelva a ser como era?

La vida después de la pandemia, parte 1: ¿Quisieras que todo vuelva a ser como era?

Estamos viviendo un momento tremendamente difícil, a nivel personal, familiar y de la sociedad toda. Para muchos es el más difícil que atravesamos en nuestras vidas, encerrados en nuestras casas, temerosos de lo que la pandemia pueda hacernos a nosotros, a nuestros seres queridos, a nuestros trabajos. Y sin embargo, en medio de este escenario angustiante, hay una idea que me aparece una y otra vez y me resulta casi imposible de entender: pese al encierro, al riesgo de enfermar, a la situación económica complicada, hay ciertos aspectos de mi vida en cuarentena que me gustan más y quisiera que sigan así cuando este momento termine. ¿Cómo puede ser que en una situación de menor libertad, donde ciertas opciones deseables aparecen drásticamente limitadas, me encuentre a mí mismo tomando decisiones más alineadas con mis objetivos y valores?

Estábamos jugando nuestro “partido” y de repente “nos sacaron la pelota”. Por un tiempo nos quedamos paralizados, pero después, de a poco, empezamos a movernos y a hacernos preguntas: ¿hacía falta correr tanto? ¿A qué se puede “jugar” en estas condiciones? ¿Y si en vez de competir colaboramos?. Vivimos la vida en modo rutina. Gran parte de lo que hacemos no es producto de una decisión consciente sino de un hábito. Y cuando un hábito se detiene se vuelve visible, deja de ser una compulsión para convertirse en una elección.

Sé que en un momento de apremio parece absurdo pensar en el futuro. Pero aunque ahora cueste verlo, este momento tremendo va a pasar. Y quiero proponerles pensar en el día después. Armando una columna de radio sobre este tema armé una encuesta para saber qué le estaba pasando a los demás. El resultado sorprende. No solo no soy el único: 80% de las personas querrían que ciertos aspectos de su vida no vuelvan a ser como antes y cambien a partir de esta experiencia. ¿Y vos? ¿Quisieras realmente que todo vuelva a ser como era?

Si tu respuesta es que te gustaría que algo importante en tu vida o en el mundo cambie, tengo una mala noticia para darte: en casi todas las crisis previas en que parecía inevitable un quiebre, un antes y un después, prácticamente todo volvió a ser como era. Lo más probable es que si mañana nos “devolvieran la pelota” casi sin pensarlo nos pongamos a “jugar” igual que siempre lo hicimos. Aprender algo como resultado de la pandemia, sostener algunos de estos cambios, personales, profesionales o sociales, requerirá de una convicción y un esfuerzo sostenido o no sucederá.

Comparto algunos de los cambios que desearía ver yo. Quisiera que tomemos nota del impacto de nuestro estilo de vida sobre el mundo natural que nos rodea, que cambiemos la manera en que usamos las redes, que aprendamos a pensar de manera más largoplacista y más coordinada, que modifiquemos el espacio y el tiempo que damos a los vínculos en nuestra vida, que convirtamos el aplauso diario de las 21 en una muestra real de aprecio por los servidores públicos que se la juegan por nosotros, que aprendamos a vivir una vida más tranquila y menos centrada en el consumo y varias cosas más. Para tratar de hacer realidad estos deseos, dedicaré una columna en este espacio en las próximas semanas a desarrollar cada una de las ideas. Ojalá compartas alguno de estos sueños, y que esto te inspire para impulsar tu propia agenda de aprendizajes y cambios, personales y sociales.

Esta nota es la primera de una serie de siete artículos sobre el impacto de la pandemia que escribí para la Revista La Nación

Volver a la luna (¡esta vez para quedarse!)

Curiosamente, para quienes nacimos a partir de 1970, la que quizás haya sido la mayor proeza tecnológica de la historia de la humanidad está asociada con el pasado y no con el futuro. A unos pocos días de que se cumplan 50 años de la llegada a la Luna, las hazañas de los ingenieros y astronautas que hicieron aquella gesta posible parece un relato mitológico donde lo que más se destaca es la extrema precariedad de las naves y computadoras utilizadas para trasladar y traer de regreso a otro mundo a estos valientes. Después de todo, uno solo de los teléfonos celulares que llevamos en el bolsillo para jugar al solitario tiene una capacidad muchos millones de veces más poderosa que todas las computadoras disponibles para la NASA combinadas en aquel entonces. Hasta es posible que tu reloj tenga más poder de cómputo que la máquina a bordo de las naves Apollo.

El hecho de jamás haber regresado llevó a algunos disparatados a poner en duda que los viajes realmente hubieran sucedido. La realidad es otra: el costo de aquellas primeras misiones, a valores de hoy, alcanzaría los 120.000 millones de dólares. ¡Este valor supera el producto bruto anual de Uruguay, Paraguay y Bolivia sumados! Y la realidad, salvo por la bravuconada de superar a los rusos en una carrera de egos, es que no había nada que hacer allí. La única razón de Estados Unidos fue demostrar que eran capaces de hacerlo.

En realidad, ir a la Luna no era tan caro. Bastaba un cohete y un módulo capaz de aterrizar. La mayor parte del exorbitante costo de aquellas misiones era la necesidad de regresar luego a la Tierra, que implicaba lanzar en la misma misión una nave que pudiera despegar desde allí, disponer el propelente de regreso y otra que pudiera resistir los enormes rigores del reingreso en la atmósfera de nuestro planeta.

Medio siglo después, finalmente, estamos a punto de regresar. Y esta vez seguramente sea para quedarnos. Estamos en los albores de una nueva era de exploración espacial, que verá a los seres humanos vivir en la Luna por largos períodos de tiempo. La experiencia de mantener personas con vida en el espacio, adquirida en los últimos 30 años gracias a la estación espacial Mir y la ISS, hace que la posibilidad de desarrollar hábitats en la superficie lunar sea menos alocada de lo que a priori parece. Y una misión que separe el ticket de ida del de regreso podría ser mucho más razonable económicamente que las intentadas hace medio siglo.

Y esta vez sí hay una razón para ir a la Luna, más allá de la competencia de egos que promovió la Guerra Fría: establecer una presencia permanente en nuestro satélite allanará notablemente los desafíos de llevar luego humanos a Marte y algún día a otros cuerpos celestes. Ante las incertidumbres que la propia actividad humana genera sobre la ecología de nuestro planeta, necesitamos desarrollar un plan B que nos permita tener una copia de resguardo de la vida surgida en la Tierra.

Cuando en unos días, el 20 de julio de 2019, se cumpla el quincuagésimo aniversario de aquel «pequeño paso para un hombre y gran salto para la humanidad», finalmente estaremos cerca de que aquella hazaña deje de ser un lejano recuerdo del pasado y vuelva a ser un componente central de nuestra capacidad para construir el futuro.

 

Esta nota fue publicada en mi columna de la Revista La Nación el 30 de junio de 2019