El lunes TEDxRiodelaPlata organizó un evento donde pudimos escuchar a varias personas increíbles que trabajan para buscar soluciones a los problemas del mundo. Dentro de algunas semanas van a estar los videos de las charlas y les recomiendo a quienes no pudieron estar allí o seguir el evento por internet que las vean.
Durante la mañana vimos también a los oradores de TEDxChange en Nueva York. Y lo que más me impresionó fue como dos de ellos mostraron una gran correlación entre la caída de la mortalidad infantil y el control de la natalidad.
El primero en hablar fue Hans Rosling, que continuó su genial charla anterior en TED con una parecida en la que presentó una gráfica impresionante mostrando que reducir la cantidad de hijos por familia impacta fuertemente en reducir la pobreza. Más tarde, Mechai Viravaidya contó con mucho humor cómo sus experiencias repartiendo preservativos en el Sudeste asiático generaron contribuyeron a frenar la epidemia de SIDA y mejorar los indicadores sociales.
Escuchando esas dos charlas era difícil no atar cabos y pensar que, pese a eso, las principales religiones del mundo se oponen fuertemente al control de la natalidad y al uso de anticonceptivos. De esa manera, estas religiones en vez de ayudar resultan un obstáculo en la lucha contra la pobreza.
Puse algo de eso en Twitter y muchas personas reaccionaron enojadas, diciendo que era absurdo responsabilizar a los credos por eso. Alguien incluso dijo por qué no culpar también a los obstetras que también colaboran a que haya más nacimientos. Sin embargo, es un rol central de los ginecólogos ayudar a sus pacientes en el control de la natalidad.
A la vez, el domingo a la noche leí con alegría acerca del proyecto presentado en Argentina por Carmen Argibay, jueza de la Corte Suprema de Justicia, para que se retiren los crucifijos que «decoran» la mayoría de los juzgados en la Argentina, incluído el Supremo Tribunal mismo. A mí en lo personal siempre me chocó mucho la presencia de símbolos de una religión en particular en dependencias del Estado (a la salida de la Cámara de Diputados, por ejemplo, hay una figura de la Virgen María). Y me parece desafortunado que casi todos los funcionarios públicos juren ejecer sus cargos «con lealtad y patriotismo por Dios y los Santos Evangelios» sobre la Biblia, en vez de hacerlo por su honor y sobre la Constitución Nacional.
En un país que se proclama laico, ¿tiene sentido que la Justicia como un todo muestre adherencia a una religión en particular? ¿No da eso derecho a que alguien que comulga una religión diferente sienta que no va a ser tratado por esa corte en plano de igualdad con alguien que sí observa ese culto?
También escribí algo sobre eso en Twitter y las reacciones fueron parecidas: bastante enojo y pocos argumentos: que sacarlos es hacer tiranía de la minoría, que hay cosas más importantes de qué ocuparse para que la Justicia mejore, etc. En Facebook, en cambio, se armó una discusión interesante.
Todo esto me hizo acordar a un artículo de Tom Rees que leí hace tiempo en su blog llamado Epiphenom, en el que hacía un análisis de correlación entre el Global Peace Index (un índice que mide el grado de pacifismo de cada nación) y el porcentaje de la población que se declara no creyente. Llamativamente (o no), los países menos violentos son aquellos que tienen una mayor proporción de sus habitantes que se declaran ateos y menor cantidad de personas que asisten a servicios religiosos. En su momento, este post de Rees causó también una enorme controversia.
Tal vez tenga que ver con mi propio «sesgo» al ver el mundo, pero en general me pasa que cuando la religión aparece mezclada con asuntos «terrenales» como la pobreza, la paz o la justicia, siempre la encuentro del lado equivocado de la ecuación. ¿Será que aquello que sirve a algunos para vivir mejor a nivel individual produce efectos contrarios cuando se lo mira a nivel colectivo?



