Será que soy un poco serio, pero uno de los temas que siempre me quedo con las ganas de incluir en el blog es el tema del sexo. Tangencialmente lo toqué con el acertijo prohibido para menores, pero este post no le esquiva a la polémica ni al tabú y se mete de lleno con eso.
En la Argentina también se produce ciencia merecedora de Ig Nobels, investigaciones que «primero te hacen reír y luego pensar». Y este es un gran ejemplo de ello. Un grupo de brillantes científicos argentinos decidieron zanjar de una vez y para siempre uno de los más grandes misterios del interés masculino por el sexo femenino. Y aún antes de la publicación del «paper», aquí comparten con ustedes sus hallazgos.
Nota 1: A las personas a las que el contenido sexual las impresiona, les sugiero no leer este post y cliquear acá (y sepan que no están solos en esto de rechazar el sexo!).
Nota 2: Y si les gusta tanto el sexo que este post les resulta insuficientemente explícito, también hay algo para ustedes, chanchitos! Una foto que encontré de casualidad mientras buscaba la que ilustra este post… Ojo que es fuerte. Si pensaban que una imagen de frutas no podía ser porno, vean ésta!
Nota 3: Espero que las chicas que lean este post no se sientan molestas. Es más, creo que sería interesante que participen de la discusión, ya que este estudio se hizo solo en hombres y estaría bueno saber qué opinan ustedes sobre esto.
Nota 4: Si todavía no participaron del concurso Ig Nobel, hoy es su última chance de hacerlo. Hay pocos comentarios así que las chances de ganar son buenas… Pueden participar acá.
Esta investigación fue hecha y el post escrito por Mariano Sigman, físico dedicado a la neurociencia en la UBA cuya genial charla TEDx pueden ver acá y a quien tiempo atrás entrevisté en el blog, junto a Bruno Dagnino y Joaquín Navajas, otros dos destacados físicos trabajando actualmente en Holanda y el Reino Unido, respectivamente.
Ahora con ustedes tres brillantes científicos, dilucidando el principal enigma sexual del físico femenino…
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Sábado, 24 hs, noche primaveral. En una terraza del barrio de Caballito un grupo de amigos comparte un Fernet. Discuten largo y tendido una de las preguntas más polémicas de nuestra Argentina. De esas que no admiten tintas medias, que parten la Argentina al medio, en los unos y los otros. Un amigo intenta una casi indefendible apología de los grises: “A mí las dos me gustan igual, o me vas a decir que…”, pero no logra terminar. Otro sale al paso y lo acorrala: “Dale Juan, dejate de joder, o te gustan más los culos o te gustan más las tetas. Todos tenemos una preferencia. Yo soy tetero y punto.” – “Eso serás vos, por que los argentinos somos una sociedad culera” interviene un tercero. Esa noche quedo, como tantas otras, en evocación de folclores, proliferación de mitos, barras de hinchas que promulgan que no hay nada en el mundo como unos buenos melones. Y del otro lado los que creen fehacientemente que la cola argentina hace más a nuestra idiosincrasia que el futbol o el dulce de leche. Todo muy chabacano.
Pero, como tantas otras preguntas del folclore que parecen eternas, quizás esta pueda resolverse con datos y hechos, empíricamente. Si vamos a los bifes, a las medidas, a la elección ineludible cuando uno queda puesto contra la espada o la pared; los argentinos ¿somos teteros o culeros?
Por extraño que parezca nos tomamos esta pregunta muy en serio y abocamos el instrumental de la ciencia a una causa que, por razones que se irán deshilvanando, nos parecía muy noble. Empezamos haciendo lo que haría cualquier hijo de vecino. Preguntamos. Las celebres encuestas y su criterio de convergencia. Ya no era un voto dividido entre cinco cuates empecinados sino más de doscientas hombres de distintos lugares, edades, situaciones… Triunfaron los manzaneros por menos de lo que los autores hubiesen supuesto: Un 60% de los hombres prefiere una chica con buena cola, antes que una con buenos pechos. Cabe destacar que la opción era entre una virtud u otra, desconocemos de hombres que prefiera cualquiera de estas alternativas a una que tenga a la vez, buenos melones y manzana.
Como medida complementaria en la encuesta, los varones respondían en una escala continua a la siguientes preguntas:
- 1) Que factor te parece más determinante en una mujer: ¿Los pechos o la cola?
- 2) Misma pregunta en escala continua. Siendo -10 (me fijo solo la cola y no los pechos) y 10 (me fijo solo en los pechos y no en la cola). ¿Cuál es la contribución de estos factores al momento de evaluar una chica? Por ejemplo, si los dos te importan por igual, tu respuesta a esta pregunta seria 0.
Pese a que la opción cero era explícitamente presentada en el cuestionario casi nadie la eligió (menos del 2%). De hecho, un análisis matemático sencillo demuestra que la distribución de preferencias no admite grises. Hay teteros y culeros por doquier. Unos pocos distribuyen su preferencia en partes iguales entre ambos rasgos. Un detalle de color, los culeros no solo son mayoría, sino que además son más fanáticos de su causa.

La historia no termina allí. Acaso hay algo que revele nuestra preferencia. Podrá uno reunirse con alguien, observarlo y decirle: «Buen día señor tetero». ¿Cuán transparentes y decodificables son nuestras preferencias? Abordamos esta pregunta mirando la mirada.
¿Acaso puede esto decirnos la mirada algo acerca de la preferencia del observador? Esta pregunta en principio nada trivial, resulto tener una respuesta clara. Frente a una comparación entre dos chicas los teteros y culeros miran, en proporciones parecidas para todos lados. Quizás sea un mecanismo natural para proteger las intenciones de la mirada del otro. Pero el escondite no alcanza. Los teteros miras primero las lolas, después comparan las colas y finalmente vuelven a comparar las lolas antes de tomar una decisión final. Por el contrario, los culeros miran primero las colas, después las lolas y luego, justo antes de decidir, saltan con la mirada de cola en cola. En otras palabras, el patrón con el que miramos al mundo, está íntimamente vinculado con nuestras preferencias y con la forma en que lo procesamos. Lo primero y último que miramos en una chica es lo que más nos gusta.
No podemos ni queremos escaparle a una pregunta polémica. ¿Por qué dedicar tiempo, esfuerzo y guita a estudiar esto? ¿Acaso la concepción misma del experimento no es sexista y machista? ¿No se basa en una versión iconizada de la mujer; una mirada rústica, peyorativa, abominable?
Creemos, y por eso nos embarcamos en esta historia, que la respuesta es contundentemente: no. Que frente a estos temas es mejor ser abiertamente reflexivos que crear terrenos de tabúes y preguntas inexpugnables. Por supuesto que estudiar si los argentinos basamos nuestra preferencia por una mujer fundamentalmente en las tetas o en la cola no implica ninguna concepción sobre la mujer, ni de la relevancia relativa de estos rasgos en la concepción integral de la elección de una mujer, o en lo que fuere que genera un deseo, pulsión y percepción de belleza.
Pero sucede que, lo abordemos o no, la pregunta flota porque evidentemente toca un aspecto de nuestra identidad que nos parece pertinente. Y si es así, creemos que es mejor responderla, sin vergüenza, sin pudores. Más aun, por cliché que sea, por negado que este, por ofensivo que pueda parecer en primera instancia preguntarse como afectan las tetas a la elección de una mujer, el numero de cirugías estéticas crece sin parangones en nuestro país y en el resto del mundo. En Estados Unidos, solo en el años 2008 se hicieron más de 1,500,000 cirugías estéticas. Más de un millón de mujeres que pasaron por el quirófano para cambiar su forma. El procedimiento más popular es la aumentación de senos, con 300.000 intervenciones el 2008. ¿Está bien? ¿Está mal? ¿Sería mejor un mundo donde esto no sucediese? No nos metemos en esta discusión (por ahora), solo hacemos notar que el asunto -que percibe cada uno sobre lo que gusta, lo que no gusta, lo que desea, lo que es atractivo y lo que no- lo hablemos o no, está planteado. Si es así, mejor hablarlo y entenderlo.
Nos propusimos cerrar un debate folclórico, de una discusión que a claras luces tiene pertinencia económica y de concepciones públicas. Los argentinos, este bien o mal, sea noble o pagano, somos mayoritariamente culeros. Y muchos, notables fanáticos de su causa.



