En estos días estoy siguiendo atentamente lo que pasa en España con el 15M y la Acampada Sol. Y me complace ver la movilización de miles y miles de personas pidiendo por una democracia que funcione en serio, con el lema «Democracia Real ¡Ya!» (y la creatividad de la gente suma también otros geniales como los que incluyo en fotos más abajo).
Esa protesta tiene muchos elementos en común con lo que pasó en la Argentina en el 2001 (la foto que ilustra el post es de la Acampada Sol en Madrid, pero bien podría ser de la Plaza de Mayo hace 10 años). En aquel momento, en la Argentina, multitudes salieron a las calles bajo la consigna «que se vayan todos!».
En los dos casos, me hace un poco de ruido sentir que, una vez más, lo que vemos es que la clase media sale a la calle solo cuando le duele el bolsillo. En el caso argentino, la consigna fue «que se vayan todos!» probablemente porque quedaba más elegante que salir pidiendo simplemente «que devuelvan los dólares» que el corralón le había arrebatado a la gente. Igual que en España, los reclamos de ese momento incluían una profunda reforma política, pero esta quedó rápidamente olvidada apenas se recuperaron los ahorros. Ojalá no pase lo mismo con las protestas españolas.
En este momento, diez años después del «que se vayan todos», no se fue absolutamente nadie y casi todos los reclamos que están haciendo los jóvenes de España son todavía completamente aplicables a la clase política argentina.
Algunas de las reivindicaciones españolas son:
– trasparentar el financiamiento de la política

– la reforma de la ley electoral y el fin de las listas sábana (ni hablar de las colectoras o las candidaturas testimoniales)
– control del ausentismo de los representantes electos (sobre lo que alguna vez escribí esto)
– independencia de los poderes (terminar con la subordinación del Legislativo y el Judicial al Ejecutivo)
– el fin de los privilegios de la clase política
– el fin de la corrupción
– acceso a la vivienda y a salud, y educación públicas de calidad
Todas estas reivindicaciones son 100% aplicables a la Argentina, a cualquier nivel jurisdiccional (Nación, Ciudad, Provincias) y cualquiera sea el signo político a cargo del gobierno local. Pero lamentablemente, como el desempleo acá no está tan alto y la economía crece fuerte, parece muy improbable que en Argentina se produzca un movimiento similar.
Yo opino que parte del cambio que necesitamos es renovar la clase política. Si bien la edad no es el centro de la cuestión, creo que sería bueno que, en vísperas de elecciones presidenciales, aprovechemos esta oportunidad para «jubilar y pasar a retiro» a la generación que manejó el país los últimos 30 años.
Gran parte de los mayores líderes mundiales recientes accedieron al poder en sus cuarentas. Clinton tenía 47 años cuando asumió la presidencia de Estados Unidos. Obama también. Tony Blair fue primer ministro del Reino Unido a los 43, la misma edad que tenía JFK al llegar a la presidencia. Medvedev, actual presidente de Rusia, asumió ese puesto a los 42. Y Zapatero tal vez no sea el mejor ejemplo en estos días, pero tenía 44 años al acceder a la presidencia de España. Y ni hablar de uno de los mayores líderes de la historia, Alejandro Magno, que asumió el trono de Macedonia a los 20 y a los 25 había anexado al Reino prácticamente a todo el Imperio Persa.

En Argentina desde el regreso de la democracia, mientras tanto, la edad de los presidentes al asumir sus mandatos fueron: 56 (Alfonsín), 59 (Menem), 65 (Menem), 62 (De la Rúa), 61 (Duhalde), 53 (Kirchner) y 54 (Cristina Fernandez). El promedio es de casi 59 años.
Mientras tanto, los principales referentes nacionales de cara a la próxima elección tienen: 58 (Cristina Fernández), 60 (Ricardo Alfonsín), 58 (Francisco de Narvaez), 52 (Mauricio Macri), 54 (Daniel Scioli), 54 (Elisa Carrió), 56 (Daniel FIlmus), 68 (Hermes Binner), 70 (Eduardo Duhalde) y 75 (Pino Solanas). El promedio da arriba de 60.
Es hora de dar una chance a la próxima generación. Y es factible hacerlo: hace solo dos años, Marco Enriquez-Ominami, con 36 años, estuvo al borde de patear el tablero bipartidista chileno y acceder a la Presidencia de ese país. Y así mostró que es posible que alguien joven, brillante y con energía irrumpa rompiendo las reglas de los anticuados sistemas politicos de nuestros países.
Yo creo que es hora de que la Argentina tenga un líder así. Y me pregunto: ¿qué pasaría si retomamos la propuesta del 2001 de que se vayan todos y vamos a una elección donde no se presente nadie de 50 para arriba?
Imaginemos una elección donde el candidato peronista surgiera de una interna con figuras como Juan Manuel Abal Medina (42) y Juan Manuel Urtubey (41). Una Coalición Cívica representada por Adrián Pérez (40), Alfonso Prat Gay (45) o Gerardo Milman (45). En el arco progresista también podría aparecer alguien como Martín Sabbatella (40). Por el PRO, Cristian Ritondo (44), Marcos Peña (34) o Esteban Bullrich (42). No me viene a la memoria ninguna figura joven destacada del radicalismo pero seguramente las haya. (Y si todo lo demás falla, siempre nos queda Cynthia Hotton (42)! 😛 )
Obviamente que la juventud no es una panacea. Entre las camadas jóvenes habrá gente mejor o peor preparada, con mayor o menor grado de honestidad, con ideologías que nos resulten más o menos afines. Pero, como hipótesis de mínima, al menos nos sacaríamos de encima todas las lealtades espurias del pasado. Todos los «no digas esto porque yo cuento aquello». Y todos los vicios de una generación que se crió bajo una cultura política donde las instituciones son apenas herramientas maleables a un proyecto político, la pobreza es funcional al clientelismo y para la cual la lógica que impera es el control territorial, justo ahora que la virtualidad desdibuja los territorios.

Yo sé que esta propuesta es impracticable, porque el apetito de poder de los «veteranos» aún no está saciado y está por delante de lo que le convenga al país. Pero, como nos están mostrando los miles y miles de jóvenes acampando en la Puerta del Sol y otras ciudades españolas, el acceso al gobierno de un líder político joven que finalmente lleve adelante una reforma política profunda es un sueño que vale la pena soñar.



