El viernes a la noche recibí una de las invitaciones más increíbles de mi vida.
Cuando el día ya se acababa, me llegó un mail de un conocido en Estados Unidos invitándome a estar en la Cena de Gala anual de la X PRIZE Foundation, una cena en San Francisco donde los anfitriones de la velada serían Sergei Brin y Larry Page (fundadores de una empresita de internet llamada Google), James Cameron (el director de Titanic y Avatar) y Peter Diamandis (fundador de X PRIZE). Acá pueden ver más sobre la cena y algunos de los invitados (perdón pero todos los links de este post están en inglés).
En esa cena estarían además muchos de los más grandes emprendedores tecnológicos y los más grandes científicos del mundo. ¿¡Cómo resistirse a una invitación así!? Sólo había un problema: yo estaba en Buenos Aires y no tenía planes (ni tiempo ya) de viajar a San Francisco para estar allí la noche siguiente.
¿Problema? No, no para quienes me invitaban, no en el siglo XXI. Así que quiero contarles ahora sobre la cena increíble en la que estuve un rato este sábado a la noche y sobre la manera asombrosa en que lo hice…
Antes déjenme contarles que la X PRIZE Foundation es una fundación que otorga premios superiores a los 10 millones de dólares a aquellas personas o empresas que consigan ciertos logros científicos asombrosos que abran nuevos horizontes para la humanidad. El más famoso de los premios fue el Ansari X Prize, que requería llevar a al menos tres personas a 100 Km de altura en el espacio y lograr hacerlo dos veces en tres semanas.
En este momento, Google tiene un X Prize para quien logre llevar un robot a la Luna, hacerlo desplazarse 500 metros y enviar imágenes y datos a la Tierra. También hay uno sobre secuenciamiento de genomas, uno sobre autos hipereficientes energéticamente y muchos otros en camino.
Como nota de color, entre las cosas que se subastaban para recaudar fondos para la X PRIZE Foundation había una réplica en tamaño real de Spaceship One; un vuelo parabólico de cero gravedad con James Cameron; un secuenciamiento de tu genoma junto a gente como Stephen Hawking, Richard Branson y Michael J. Fox; y un viaje al espacio.
¡Pero vamos a lo importante! Más allá de lo impactante de la velada, la principal razón por lo que esa invitación fue de las más increíbles de mi vida es que la propuesta no era que estuviera físicamente allí. La idea era que, desde mi casa, a través de internet, manejara un robot que permitiera tanto que yo viera y oyera a los demás invitados como ellos a mí.
Willlow Garage fabrica estos robots, que son experimentales para hacer Telepresencia. Y tuve la oportunidad de ser uno de sus «conejillos de indias».
Así que invité a Ramiro Fernández, un amigo tan dementemente geek como yo, a que me acompañe y me ayude a sacarle el jugo a mi tiempo en la cena a través de mi «avatar» robótico!
El robot tenía una gran pantalla LCD y dos parlantes a la altura de la cara, de modo que quien hablara conmigo veía mi rostro y escuchaba mi voz. Tenía también dos cámaras, una que funcionaba como si fueran mis ojos y una apuntada hacia abajo que me mostraba «mis pies» y los alrededores para poder moverme sin chocar con nadie, dado que mirando por la cámara de arriba era difícil saber la distancia exacta a la que estaban las cosas.
El tablero de control me permitía girar «mi cabeza», de modo que la cámara superior mirara en todas las direcciones sin girar «el cuerpo». Pero a la vez podía girar en el lugar de modo de darme vuelta y obviamente también desplazarme en todas las direcciones. Podía también alternar entre la vista de las dos cámaras según quisiera hablar o moverme, aunque la otra cámara se seguía viendo más chiquita en cada caso.
Primero hicimos una sesión de prueba para aprender a manejar mi «alter ego» en las oficinas de Willow Garage. Y después de unos minutos de ensayo me largué a la fiesta!
La verdad que no me fue fácil. Si en condiciones normales resulta raro caer a un cocktail en el que no conocés a nadie, llegar metido adentro de un robot es un desafío aún mayor. El esfuerzo combinado de «navegar» el robot y sostener conversaciones me resultó complicado. Tal vez si hubiera podido habituarme más hubiera resultado más sencillo. La sensación era la misma que cuando uno recién aprende a manejar un auto y tiene que pensar hasta para poner primera. Imagino que con más tiempo la parte de manejo del robot se hubiera hecho automática y mi atención hubiera podido estar más enfocada en la charla.
Mientras hablaba con alguien en el fondo me pareció ver a Larry Page pero no estoy seguro si era él. Sí lo vi a Peter Diamandis, alma mater de los X Prizes, aunque no pude charlar con él. Al verme, algunas personas se acercaban sorprendidas y otras se alejaban medio despavoridas. A todos los que me hablaban les resultaba increíble que estuviera en Argentina.
Mi «turno» era de sólo 30 minutos y pasaron como si fuera un suspiro. Tuve que dejar mi lugar porque a mi robot después venía la escritora Esther Dyson. Y al mismo tiempo que yo estaba por ahí en otro Tony Robbins, el coach estrella y gurú empresarial. Ver quiénes eran los otros invitados a estar por telepresencia me dejó perplejo y no entiendo por qué me habrán invitado a mí. Pero en cualquier caso, estoy muy agradecido.
Si quieren ver un video de la experiencia y algunas reflexiones extra pueden verlas en este post.
Para terminar, debo reconocer que esto de los avatares robóticos tiene un inconveniente serio. Durante todo el rato yo veía pasar las bandejas con una comida espectacular, todos además tomaban, y yo me quedé con las ganas de probar todo. Parece que el problema es que mi robot era vegetariano. 🙂
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EPILOGO:
El futuro encierra montones de cosas increíbles. Esto para mí fue una ventanita para espiar algo de lo que se viene. A muchas personas que conozco, algunas muy cercanas, estos cambios les producen desde risa hasta abierto rechazo. A mí me encantan… Y a ustedes?



