Hace rato que venía con ganas de escribir sobre el tema de la inseguridad pero me resulta muy difícil. Por eso me alegró cuando Ale Sewrjugin decidió hacerlo él en su post invitado. Pero en el post varios me insistían que esperaban que comente y así hicieron que finalmente me siente a escribir. Lo que hice tomó forma de post, no de comentario así que acá va.
Creo que tal vez mi postura desate mucha polémica porque mi opinión sobre este tema es bastante extrema.
Quizá valga la pena empezar por decir que mi único aporte al post de Ale fue el título. Lo titulé «Inseguridades» porque en mi cabeza al hablar de inseguridad es esencial no perder de vista dos distinciones sutiles.
Por un lado, no es la misma inseguridad la de la clase media y alta que la de la clase baja.
Las personas de clase media y alta que se quejan de la inseguridad que padecen no están viendo las cosas con claridad. Los que sufren a diario la verdadera inseguridad, son las personas más pobres, a quienes no sólo les roban mucho más seguido sino que les quitan algo, en términos relativos, mucho más valioso.
A mí me asaltaron dos veces. Una en 1989, en que me agarró una banda bastante grande y me dejó literalmente en calzoncillos en la calle. Otra en 1996, donde me confundieron con otro y me agarraron en un taxi pensando que salía del banco con dinero. En ningún caso mi vida corrió serio riesgo, aunque obviamente me asusté mucho en ambas. Para alguien de clase media/alta, la posibilidad de ser asaltado a lo largo de los años es casi una certeza. La posibilidad de ser lastimado o morir víctima de un delito en países como la Argentina, Chile y Uruguay es prácticamente inexistente.
Sin embargo, acá entra en juego lo que a mí más me molesta sobre este tema: el valor sumamente dispar de la vida según la clase social de la que uno provenga. Muere una persona humilde y sale en la página 38 del diario. Muere un joven pudiente de la zona norte y más de cien mil personas llenan la plaza del Congreso. Muere el peluquero de una diva televisiva y montones claman por la pena de muerte. Ese es un tema largo en sí mismo con el que no me voy a meter pero sí les voy a recomendar que vean lo que dijo Hugo al respecto (1 2 3). Por eso con el clamor por seguridad de los ricos me pasa algo parecido a lo del reclamo del campo: tengan razón o no, no puedo simpatizar con quien reclama pensando sólo en sí mismo.
Por otro lado, la segunda distinción es entre la inseguridad objetiva y la subjetiva.
Yo no sé quién gana con hacernos vivir muertos de miedo. Pero la realidad es que las personas de clase media y alta nos hemos convertido en seres inseguros. Seres temerosos que vivimos temiendo a fantasmas que no son. En los comentarios al post de Ale se habla de robos de billeteras y secuestros de niños como si fueran cosas equivalentes. Pero eso es como hablar de un caballo y un unicornio: uno existe, el otro no.
Lo mismo pasa con el morir víctima de un delito. En un año muere entre el doble y el triple de personas por accidente de tránsito que en homicidios (y no todos los homicidios son causados por otros crímenes). Es mucho más peligroso andar en auto que ser asesinado. ¿Qué hacemos nosotros? ¡Manejamos sin cinturón de seguridad pero con las puertas bien trabadas! Si bien potencialmente tenemos más control sobre nuestro riesgo en el tránsito que en un crimen, vivimos temiendo y previniendo que nos mate un criminal y no un choque en la ruta.
Quiero ser claro. Yo tampoco dejo a mis hijos andar por la calle de la manera en que yo andaba. ¿Por qué? La verdad que no tengo la menor idea. Si me guío por los riesgos objetivos, reales, tangibles, la cosa ha cambiado mucho menos de lo que el enorme cambio en hábitos hace suponer. Los chicos no son robados en la calle. Los secuestros planificados son sumamente raros. Los homicidios por robo muy infrecuentes. Pero, igual que ustedes, miro a todos con desconfianza (incluso con el prejuicio de temerles más si tienen cara de pobres), encierro a mis chicos, ando en el auto con las puertas bien trabadas, camino mirando a todos lados en búsqueda de asesinos ocultos.
El daño a los lazos sociales que produce dejar de confiar en los demás, el vivir con miedo, es mucho mayor que el de haber ido de 5 homicidios cada 100.000 habitantes a 10. Yo quisiera vivir confiando en los demás. Tengo las estadísticas de mi lado. Pero vencer el miedo es difícil. Te saca sin duda de la zona de confort.
Ojalá hubiera más marchas por condiciones de vida dignas para todos y por recuperar la solidaridad. ¿Y saben qué? Si esas marchas lograran menos marginalidad y pobreza y vínculos sociales más fuertes tal vez serían más efectivas para bajar la tasa de homicidios que un millón de Blumbergs y Susanas clamando por la pena de muerte a los pobres.




