
Cuando decidí iniciar mi propio blog no pensaba escribir sobre política. Tal vez porque, como tantos otros de mi generación, soy un desencantado más. Y, sin embargo, acá estoy… Lo sucedido la semana pasada en la votación que tuvo lugar en el Senado respecto a la vigencia o no de las retenciones móviles es algo sobre lo que quiero escribir.
Los que me conocen saben que si bien yo no voté por Kirchner cuando fue electo, inicialmente me ilusioné bastante con algunos rasgos de su gestión temprana. Pero como me suele pasar con la política, la ilusión terminó en desencanto.
Hace meses que el gobierno y los dirigentes ruralistas, con la anuencia de los medios, se empecinan en presentar el conflicto que los une como si se tratara de una forzada dicotomía. Ambos esgrimen: o estás con nosotros o con el enemigo. Pero yo escribo para decir que esa dicotomía, que teóricamente nos obliga a elegir entre uno u otro, es falsa.
Yo (e imagino que millones de Argentinos) no estuve ni estoy con el gobierno ni con el Campo. En ningún momento durante este conflicto pude encontrar razones que me permitieran elegir entre uno u otro. Menos todavía hoy, cuando apenas calmados los ánimos puedo hacer una primera evaluación de lo sucedido.
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En cuanto al gobierno, “mi balance no es positivo” por distintas razones, entre ellas:
– Verticalismo: En estos últimos cuatro meses, pero especialmente en los últimos diez días, el gobierno nos mostró a todos nosotros, peronistas o no, que para gobernar aprecia más la imposición sobre toda la sociedad de su criterio particular a partir de un verticalismo obsecuente, que el debate de las ideas dentro y fuera de sus propias filas.
Los innumerables reproches a Cobos y otros legisladores “oficialistas” que votaron en contra, supuestamente obligados a ignorar sus convicciones y votar por simple alineamiento partidario, hacen que me pregunte: ¿para qué elegir personas para que ocupen las bancas en el Congreso? ¿Por qué no poner autómatas, o meros cartelitos con el símbolo del partido que logró esa banca? Las personas requieren dietas, asesores, pasajes… Si el único rol de un parlamentario es levantar la mano cuando el Presidente lo decide y en el sentido en que lo decide, podríamos ahorrar todo ese dinero y manejar los votos por Joystick desde las sedes partidarias con representación en el Parlamento. Mejor aún, en vez de que funcionen las cámaras, que el partido que tiene la mayoría legisle directamente mientras el resto espera su turno.
Sin duda muchos legisladores que votaron a favor de la 125 lo hicieron por convicción. Pero otros lo hicieron movidos por presiones, prebendas o a cambio de alguna concesión política (o, incluso, según dicen ciertos rumores, de compensaciones económicas). Queda una vez más instalada la sensación de que hay entre nuestros “representantes” algunos que se/nos venden. Sin embargo, el traidor es Cobos, no el que vende su voto y con él a sus representados.
No ignoro que la práctica de la disciplina partidaria y el “centralismo democrático”, donde el debate y el consenso se forma dentro de los partidos para después con el voto respaldar lo que la mayoría decide, tiene abundante sustento en la teoría política. Pero el verticalismo es una deformación autoritaria de esos conceptos.
Y, en este caso, resulta absurdo e improcedente ya que este gobierno, como la extracción política del Vicepresidente lo prueba, no representa sólo al peronismo. De hecho, muchos legisladores peronistas no votaron con el gobierno. Llama la atención, sin embargo, que no hayan recibido los mismos ataques feroces que sí recibió Cobos. Si la construcción de consenso a nivel de partido (o alianza de gobierno) no existe, el verticalismo no es organicidad sino monarquía.
Por último, si la organicidad funcionara y el verticalismo alcanzara, ¿cómo explicar las numerosas negociaciones uno a uno que debió hacer el máximo poder con sus propios representantes, zanjadas por medio de concesiones individuales?
– Movilizaciones pro-gobierno: Yo tenía apenas tres años cuando murió Perón. Así que no viví las etapas anteriores de la serie de Gobiernos peronistas. (Aclaro: a mi entender Menem no era peronista, y hasta cierto punto el primer gobierno de Kirchner tampoco lo fue). Por esta razón, nunca conocí la lógica de la “movilización popular desde el poder”. En mi vida estuve en muchas marchas, pero siempre eran protestas, reclamos, en general intentos de poner un límite a la arbitrariedad del poder de turno. Las movilizaciones de protesta remiten a las luchas sociales. Las movilizaciones impulsadas por el poder a favor de ese mismo poder me recuerdan a los regímenes totalitarios, por ejemplo, el fascismo.
Movilizar desde el Gobierno, organizando marchas de auto-respaldo casi todas las semanas, muestra una lógica infantil según la cual si el otro, el “enemigo” sale a “tomar” la calle la respuesta, en espejo, es salir a disputar el “territorio”. (Recordemos el primer cacerolazo en Plaza de Mayo con la llegada tardía de D’Elía o el episodio de las carpas en Plaza Congreso donde la lucha por el espacio llegó a ser literal: “vos ponés una carpa, yo pongo 6”).
La logística de trasladar a las personas, sacarlas de su lugar de trabajo, dar asueto a la Administración Pública, presionar a las empresas para que dejen ir a su personal, paralizar el centro de la ciudad, son todas acciones que conllevan un costo enorme en el que el Gobierno incurre perversamente, en su visión de que ejercer el poder es doblar siempre la apuesta hasta doblegar al enemigo.
– Capacidad de ver la realidad: La puntada final del balance referido al gobierno tiene que ver con los pasos posteriores a la votación perdida. El espíritu de venganza más que de autocrítica con que éste reaccionó ante la “derrota” termina de llenarme de desesperanza. Proyectando su propia lógica perversa en el contrincante, lo que podría haber sido el sonido de un despertador fue leído como otro complot para tratar de tomar el poder por asalto.
Cuando supe el resultado de la votación, experimenté una sensación intensa de alegría. Todos los puntos anteriores fundaban mi deseo de ver al gobierno perder. Pero la alegría fue realmente efímera. Porque tardé poco en recordar que el precio de esa derrota era que el campo ganara. Y eso rápidamente empañó mi alegría.
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Por el lado del campo, “Mi balance no es positivo”, también por varias razones. A saber:
– Mezquindad: Desconfié de la protesta del campo desde el primer cacerolazo. Los distintos referentes del sector agropecuario sostuvieron durante estos meses que “el conflicto no es político”. Pero sólo en unas pocas ocasiones, en general en boca de Biolcati, se animaron a terminar la frase: “El conflicto no es político, es económico”. No voy a decir acá que unos 1.250 millones de dólares no sean una suma atractiva como para hacer salir a la calle a cualquiera. Sí voy a decir, en cambio, que la mera motivación económica inscribe a esta movilización entre las ocasiones en las que las clases más acomodadas salen a la calle cuándo y sólo cuando les meten la mano en el bolsillo.
Pensada la movilización del campo (ya que no campesina) en el marco de esta lógica completamente mezquina, me cuesta entender el apoyo de agrupaciones sociales y políticas “progresistas” y aún “de izquierda”, que incondicionalmente se alinearon detrás de los chacareros, luciendo prendedores que decían “Todos somos el campo”. Si la principal razón fue “aprovechar la volada” para pelear contra el Gobierno, la lógica de estas organizaciones no es menos infantil que la del gobierno.
Está claro que ningún sector de la sociedad tiene la misma obligación que tienen quienes fueron elegidos para gobernarnos, de velar por el futuro del país. También es claro que, por ejemplo, si a un determinado sector le imponen un impuesto que consideran confiscatorio es lícito que salgan a defender sus intereses. Hecha esta aclaración, creo que de todos modos es legítimo esperar de los sectores particulares (especialmente las élites) que abandonen su miopía, vean un poco el “big picture”, e inscriban sus reclamos sectoriales en un modelo de país que contemple a sus compatriotas y al futuro de la Nación.
La mezquindad me deja también picando otra pregunta: ¿qué opinarían los “representantes” del campo que hoy hablan maravillas de las instituciones si un solo voto, el de una sola persona, hubiera sido diferente? ¿Seguirían con su discurso de compromiso institucional o pasarían mágicamente a sostener que las instituciones de la democracia argentina son apenas títeres al servicio de la tiranía pingüina?
– Rápida desmovilización: Nunca estuvo en el espíritu de los ruralistas otra cosa que la intención de que les devuelvan “su” plata. Para ellos, la inflación galopante es un problema porque “sube el costo de las materias primas”. No porque sumerge a más argentinos en la pobreza y aún deja a algunos sin poder comprar alimentos. Por eso, obtenida la derogación no tienen nada más para pedirle al Gobierno. Sus planteos y sus argumentos no incluyeron ni la devastación perpetrada en el Indec, ni el estilo prepotente de los funcionarios, ni siquiera la situación de otros sectores sobre los que, como ocurre con ellos, recaen impuestos muy similares o aún más elevados (como el sector petrolero). Hace frío. La plata volvió al lugar que corresponde. Mejor nos vamos todos a casa a pensar en qué gastar estos 1.250 millones de dólares que por un momento pensamos que se nos escapaban de las manos…
Pero no. Hay más…
– Dar vuelta la taba: Ahora resulta que algunos de los dirigentes del agro hablan de continuar la protesta, pero no porque se acordaron de los campesinos desheredados de sus tierras ni porque se conmovieron con los problemas sociales de los sectores más humildes que este conflicto se encargó de profundizar. No. Lo que pasa es que no les alcanza con no ser las víctimas del modelo Kirchnerista: ahora desean ser… ¡beneficiarios! En medio del monumental festival de subsidios distribuidos por este gobierno para prolongar un poco más sus ficciones, deben pensar ¿por qué no pedirle al gobierno que nos “premie” también a nosotros con algo del dinero público? ¿O acaso alguien puede obtener una sana rentabilidad pagando los insumos y el combustible a los precios que cuestan actualmente?
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Como reflexión final, el conflicto central de la Argentina tiene ribetes políticos y económicos. Pero la emergencia acuciante es social. Todo este juego de mezquindades no ocurre con la mayoría de los argentinos nadando en la opulencia.
Un porcentaje incierto de argentinos (incierto dado que la manipulación de los índices de precios afectan el cálculo) viven sumergidos en la pobreza o en la indigencia.
En cuanto a las necesidades básicas de salud, educación, seguridad, sabemos que la mayor parte de la población depende para su asistencia médica de un sistema de salud pública virtualmente colapsado que los somete a esperas nocivas cuando no a la lisa y llana desatención.
Lo mismo puede decirse de las escuelas estatales a las que concurren los niños de clase baja, con techos que se caen, humedad en las aulas, falta de calefacción y maestros que muchas veces, antes de cumplir con el rol pedagógico, tienen que ocuparse de que coman algo. Mientras tanto se destinan recursos públicos a subsidiar escuelas privadas confesionales y no confesionales.
También ellos son los que peor la pasan en materia de inseguridad. Existe una preocupante cantidad de argentinos que, empujados por la falta de salida y la marginación a la que se ven sometidos, encuentran en el delito una alternativa. Esto obliga al conjunto de la población a vivir con un sentimiento de estar bajo la amenaza permanente a su integridad física o a sus propiedades (y esto es especialmente así para quienes viven en los barrios más humildes). La gente pobre es la principal víctima de este drama y no sólo porque son los más agredidos y amenazados. También porque son sus hijos adolescentes y, a veces ni eso, los que se convierten en delincuentes. Y ¿quién puede convivir sin angustia, sin sentir terror, con una situación así? Sin embargo, los grandes escándalos nacionales por cuestiones de seguridad se disparan cuando la víctima es de clase media alta o alta. Pero ese es tema para otro post.
Ante esta realidad, es desolador ver al gobierno y a uno de los actores sociales más poderosos del país, enfrascados en una lucha donde cada uno persigue sólo su interés corporativo desentendiéndose del verdadero problema y afectando así a la enorme mayoría de los argentinos. Siendo que la única salida para la emergencia social es el crecimiento económico y que estamos beneficiándonos de un contexto internacional extremadamente positivo, haber contribuido así a un conflicto que catalizó el proceso de enfriamiento de la economía, me parece indecente. En un escenario como éste, preocuparse por el verticalismo, gastar millones en organizar movilizaciones pro-gobierno, mirar para otro lado respecto de los problemas sociales, salir a la calle para pelear sólo porque se ven afectados los bolsillos propios o para reclamar subsidios para los insumos de la producción son posiciones que debieran darnos vergüenza.



