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24-08-2016

El desafío de aprender toda la vida

Hace algunos meses hablé en este espacio sobre investigaciones recientes que señalan que la duración del conocimiento actual no llega a los diez años. Esta nueva realidad, sin embargo, no se ha reflejado en el rol que damos y el tiempo que destinamos al aprendizaje como adultos. Hoy quiero volver sobre este tema con una propuesta para un cambio profundo en nuestra vida.

Actualmente, igual que se hizo por los últimos cientos de años, dedicamos una gran parte del tiempo en la primera parte de la vida a instruirnos, pero después el estudio queda completamente relegado por el trabajo, las responsabilidades hogareñas y demás menesteres de la edad adulta. Simplificando, dedicamos a aprender el 100% del tiempo durante el 20% de la vida (entre los seis y veintipocos años) y después prácticamente nada. Mi propuesta es invertir esta ecuación: dediquemos a nuestra formación el 20% del tiempo durante el 100% de la vida. Esto es, un día por semana desde hoy y hasta el fin de nuestros días.

Aprender nuevas cosas requiere más esfuerzo con el paso de los años. Pero, paradójicamente, en lugar de destinar cada vez más tiempo, dada la creciente dificultad, la mayoría dedicamos menos a nuestra formación. Esto aplica también a las empresas, que hoy destinan una fracción mínima (quizás un par de días al año) a la capacitación y entrenamiento de sus integrantes.

Para hacer las cosas más sencillas, hoy las alternativas que internet nos ofrece son enormes. Desde tutoriales caseros en YouTube hasta las mejores universidades del mundo ofrecen gratis sus cursos. Eso brinda a los más exigentes la inusitada oportunidad de aprender los temas que más les interesen de los más destacados profesores del mundo, estudiando en Harvard, MIT, Stanford, Oxford o La Sorbonne, sin siquiera moverse de su living.

Uno de los principales hallazgos de estudiar como adultos es, finalmente, poder enfocarnos por completo en aquello que nos gusta, nos sirve y nos motiva. Para unos pueden ser habilidades duras, para otros habilidades blandas, destrezas manuales. O cualquier combinación. Somos grandes, ¡ ya nadie nos fija qué debemos aprender!

Sé que puede sonar difícil, entre la multitud de ocupaciones actuales, encontrar tiempo para esto. Pero si entendemos el fenómeno de la cada vez más rápida obsolescencia de nuestros saberes, resultará claro que a mediano plazo el beneficio de estudiar supera al desafío de hacer espacio en la agenda.

Me atrevo a vaticinar que los profesionales independientes que destinen ese 20% a perfeccionarse lograrán transformar esa inversión de tiempo en una diferenciación que los destaque en este contexto laboral crecientemente competitivo. Y las empresas que propongan a su gente que destine cuatro días a producir y uno a mantenerse actualizados serán lugares mucho más buscados para trabajar y obtendrán resultados económicos superiores y más sostenibles a largo plazo.

A quienes sienten que ciertos aspectos del mundo actual (como puede ser el acceso a ciertas tecnologías o el uso de dispositivos) se les escapan de sus posibilidades, los invito a preguntarse: ¿cuántas horas destinaron realmente a intentar adquirir esas habilidades que les resultan esquivas? Como alguna vez dijo John F. Kennedy respecto del viaje a la Luna, la idea no es intentarlo porque sea fácil, sino precisamente por ser difícil. Igual que sucede con los músculos, nuestra mente necesita que la sigamos exigiendo para mantenerse ágil y en forma.

Esta nota fue publicada en la Revista La Nación del domingo 21 de agosto de 2016

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