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12-07-2016

Tecnología, consumo y vacío existencial

Vacíoexistencial tecnológico

En los últimos cien años, el avance tecnológico generó sustanciales mejoras en el nivel de vida medio de la humanidad. Tan grande fue ese cambio que, en muchos sentidos, una persona de clase media-baja hoy tiene mayor calidad de vida que una de clase alta un siglo atrás. Mejoras en el acceso al agua potable, la disponibilidad de cloacas, los tratamientos médicos y la conservación de alimentos, entre otros avances, jugaron un rol fundamental en prolongar nuestra vida.

El resultado fue notable: del año 1913 a la actualidad la expectativa de vida global mejoró más que en los 2000 años anteriores, pasando de apenas 34 años a los actuales 67. Y ese aumento se dio de manera sostenida. Nada, ni siquiera las grandes guerras mundiales o epidemias como el sida, fueron capaces de frenar este proceso.

Nada, hasta un hallazgo reciente publicado por un equipo de investigadores de la universidad de Princeton, liderados por el Premio Nobel de Economía 2015, Angus Deaton, y la profesora Anne Case. Ellos descubrieron que en un determinado grupo en los Estados Unidos, ¡en los últimos 18 años la expectativa de vida no para de empeorar! Y tan sorprendente como el cambio de tendencia son las características de este grupo: no se trata de alguna comunidad marginal o sumida en la pobreza. Por el contrario, la caída se da en toda la población blanca de mediana edad (de 45 a 55 años) de ese país.

Hago aquí una pausa para permitir a los lectores conjeturar la razón. ¿Podrán imaginar la causa para este inesperado aumento de la mortalidad en gente relativamente joven y de buena condición social? La respuesta es impactante: en este grupo poblacional las mejoras en la calidad de vida de los últimos años fueron más que contrarrestadas por un aumento de las muertes por el abuso de drogas y alcohol, la obesidad y el suicidio. Por primera vez la expectativa de vida decrece, y la caída se da en los blancos de edad media de EE.UU., quizá el segmento de gente que a priori parece más favorecida en este mundo. Y no es por cosas que pasan fuera de nuestro control, sino por lo que nos hacemos a nosotros mismos.

Hace un tiempo, preparando con Gerry Garbulsky una columna radial sobre la muerte, analizamos datos sobre mortalidad y encontramos algo que nos sorprendió y que, de algún modo, apunta en la misma dirección que el descubrimiento anterior: en general, los países americanos que muestran tasas de homicidio más bajas (los más prósperos y seguros) registran las tasas de suicidio más elevadas, y viceversa. Extrañamente, resulta ser que en aquellos lugares donde la gente está más segura y en teoría vive mejor, las personas optan con más frecuencia por quitarse la vida.

Es difícil determinar a ciencia cierta la causa de estos fenómenos sociales. Pero quiero terminar dejando planteadas dos preguntas. Por un lado, de acuerdo con Deaton y Case, entre las drogas cuyo consumo más aumentó en el período analizado están los calmantes para el dolor, pese a que nada hace pensar que debamos estar ahora más doloridos que antes. ¿Estaremos, tal vez, entonces, tratando de calmar con esas drogas un dolor más simbólico que físico?

Por otro, numerosos estudios científicos mostraron ya que, pese a la obsesión contemporánea por los bienes materiales, superado cierto umbral de necesidades básicas no existe correlación entre más riqueza y una mayor felicidad. ¿Será que, en una verdadera paradoja del progreso, el persistente fracaso de obtener la felicidad a través del consumo nos deja librados a nuestro propio vacío existencial?

Foto: Graham Rodvaz
Esta nota fue publicada en la Revista La Nación del domingo 10 de julio de 2016

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