Volver a la luna (¡esta vez para quedarse!)

Curiosamente, para quienes nacimos a partir de 1970, la que quizás haya sido la mayor proeza tecnológica de la historia de la humanidad está asociada con el pasado y no con el futuro. A unos pocos días de que se cumplan 50 años de la llegada a la Luna, las hazañas de los ingenieros y astronautas que hicieron aquella gesta posible parece un relato mitológico donde lo que más se destaca es la extrema precariedad de las naves y computadoras utilizadas para trasladar y traer de regreso a otro mundo a estos valientes. Después de todo, uno solo de los teléfonos celulares que llevamos en el bolsillo para jugar al solitario tiene una capacidad muchos millones de veces más poderosa que todas las computadoras disponibles para la NASA combinadas en aquel entonces. Hasta es posible que tu reloj tenga más poder de cómputo que la máquina a bordo de las naves Apollo.

El hecho de jamás haber regresado llevó a algunos disparatados a poner en duda que los viajes realmente hubieran sucedido. La realidad es otra: el costo de aquellas primeras misiones, a valores de hoy, alcanzaría los 120.000 millones de dólares. ¡Este valor supera el producto bruto anual de Uruguay, Paraguay y Bolivia sumados! Y la realidad, salvo por la bravuconada de superar a los rusos en una carrera de egos, es que no había nada que hacer allí. La única razón de Estados Unidos fue demostrar que eran capaces de hacerlo.

En realidad, ir a la Luna no era tan caro. Bastaba un cohete y un módulo capaz de aterrizar. La mayor parte del exorbitante costo de aquellas misiones era la necesidad de regresar luego a la Tierra, que implicaba lanzar en la misma misión una nave que pudiera despegar desde allí, disponer el propelente de regreso y otra que pudiera resistir los enormes rigores del reingreso en la atmósfera de nuestro planeta.

Medio siglo después, finalmente, estamos a punto de regresar. Y esta vez seguramente sea para quedarnos. Estamos en los albores de una nueva era de exploración espacial, que verá a los seres humanos vivir en la Luna por largos períodos de tiempo. La experiencia de mantener personas con vida en el espacio, adquirida en los últimos 30 años gracias a la estación espacial Mir y la ISS, hace que la posibilidad de desarrollar hábitats en la superficie lunar sea menos alocada de lo que a priori parece. Y una misión que separe el ticket de ida del de regreso podría ser mucho más razonable económicamente que las intentadas hace medio siglo.

Y esta vez sí hay una razón para ir a la Luna, más allá de la competencia de egos que promovió la Guerra Fría: establecer una presencia permanente en nuestro satélite allanará notablemente los desafíos de llevar luego humanos a Marte y algún día a otros cuerpos celestes. Ante las incertidumbres que la propia actividad humana genera sobre la ecología de nuestro planeta, necesitamos desarrollar un plan B que nos permita tener una copia de resguardo de la vida surgida en la Tierra.

Cuando en unos días, el 20 de julio de 2019, se cumpla el quincuagésimo aniversario de aquel «pequeño paso para un hombre y gran salto para la humanidad», finalmente estaremos cerca de que aquella hazaña deje de ser un lejano recuerdo del pasado y vuelva a ser un componente central de nuestra capacidad para construir el futuro.

 

Esta nota fue publicada en mi columna de la Revista La Nación el 30 de junio de 2019

¿Escalera al cielo?

Gracias a la fuerza de gravedad, nuestro planeta nos atrae hacia él con una intensidad descomunal. Tanto es así que hasta que los hermanos Montgolfier desarrollaron el primer globo aerostático a fines del siglo XVIII, ningún ser humano había podido jamás despegarse ni por un segundo de su superficie.

Más de cien años después, los dirigibles primero, y los aviones luego, nos brindaron la posibilidad de no sólo permanecer por tiempos prolongados en vuelo, sino también recorrer grandes distancias que empequeñecieron el mundo. Así, podemos movernos por el planeta con tanta facilidad que hoy es posible la hazaña de desayunar en un continente y cenar en otro a muchos miles de kilómetros de distancia.

Pero viajar hacia arriba es otra historia. La energía necesaria para elevar un objeto pesado hasta escapar de la atracción gravitatoria del planeta o entrar en órbita es tan descomunalmente grande que en toda la historia sólo 312 naves han podido viajar al espacio con seres humanos a bordo. Para ponerlo en perspectiva, despegan más aviones en el mundo en cinco minutos que el número total de cohetes tripulados que hemos sido capaces de lanzar. Por esa razón, la humanidad está encerrada en la Tierra.

La paradoja es que el gasto energético es tan grande que del peso total de un cohete, ¡90 por ciento es combustible! A fin de cuentas, el despegue actual no es muy diferente de detonar de manera controlada un gigantesco explosivo debajo de los astronautas. Hasta hoy salir del planeta ha sido extraordinariamente ineficiente. Pero todo esto podría cambiar por completo si una revolucionaria compañía llamada Escape Dynamics tiene éxito en lo que se propone: ¡hacer despegar una nave que no lleve combustible!

Fundada y dirigida por el bielorruso Dmitriy Tseliakhovich, mi compañero de clase cuando estudié en Singularity University, esta empresa estuvo experimentando con una idea asombrosa: en vez de colocar el propelente en la nave y forzarla a levantar ese enorme peso, enviar la energía desde una base ubicada en la Tierra en la forma de microondas generadas a partir de energía eléctrica. Además de permitir pasar de combustibles químicos pesados a fuentes de energía renovables, esta nueva tecnología sólo requiere impulsar hacia el espacio el 10 por ciento del peso actual, dejando afuera del cohete la enorme masa del combustible. Escape Dynamics realizó las primeras pruebas con la idea de poder comenzar a viajar al espacio en cinco a 10 años, aunque el proyecto está ahora detenido por las grandes necesidades de capital que requiere.

A más largo plazo se abre una posibilidad aún más asombrosa: construir un «ascensor espacial». La idea es tan simple de visualizar como extremadamente compleja de construir: desde un objeto de gran masa colocado en órbita geoestacionaria a casi 36.000 km de altura sobre el ecuador, descolgar una cuerda de extraordinaria resistencia sobre la cual pueda trasladarse un vehículo que transporte materiales a un costo cientos de veces menor al actual. A pesar de los enormes desafíos ingenieriles, la compañía japonesa Obayashi apunta a construir un elevador de estas características para el año 2050.

El drástico abaratamiento del costo de acceso al espacio será el primer paso para que la humanidad pueda salir del encierro terrestre y comenzar a expandirse más allá de nuestro planeta. La posibilidad de salir al espacio de manera sencilla y barata promete abrir enormes posibilidades nuevas para la raza humana. Parafraseando la expresión inglesa, cuando estos ambiciosos proyectos se concreten «el cielo ya no será el límite».

Foto: Thomas Hawk
Esta nota fue publicada en la Revista La Nación del domingo 29 de mayo de 2016

Encuentro cercano

En el día de ayer, a eso de las 15 hora de Argentina, nuestro planeta vivió un “encuentro cercano” con un visitante que vino desde muy lejos. No, no se trató de una nave conducida por extraterrestres. La visita fue, en este caso, un asteroide de roca de unos 10 a 20 metros de diámetro. Exraños rumores circularon ayer al respecto (ver al final).

Felizmente no impactó contra nuestro planeta, pero lo interesante es que su paso fue, en términos cósmicos, tremendamente cercano (a unos 12.000 kilómetros). Tanto que atravesó la zona en la que están ubicados todos los satélites de comunicaciones en órbita geoestacionaria y que su órbita se vio dramáticamente afectada por la atracción gravitatoria de la Tierra.

El sueño de ser astronautas: Dan Barry en Riesgo y Recompensa

Durante mis casi tres meses en Singularity University conocí a muchas personas increíbles. Pero ninguna historia me tocó tanto como la de Dan Barry. Por eso no dudé en tratar de hacerle una entrevista para compartir con ustedes.

Tal vez porque, como él, muchos de nosotros cuando éramos chicos soñamos con ser astronautas y Dan, de un modo notable que cuento más abajo, logró viajar al espacio no una sino tres veces… O quizá simplemente porque Dan, que es el «Head of Faculty» (algo así como el decano) de SU, es una persona realmente especial.