El fin del “problema económico”

En un reporte publicado recientemente por el Banco Mundial, Argentina lidera el mundo en proporción de empleos en riesgo de ser reemplazados por software y robots. Dos tercios de los puestos de trabajo en nuestro país posiblemente se pierdan en los próximos años, en manos de las computadoras. ¿No es genial? ¡Al fin somos líderes en algo! Vamos a la vanguardia en el camino hacia el pleno desempleo.

¡Lo interesante de esta forma particular de desempleo es que menos trabajo humano no implica menos disponibilidad de bienes! Podríamos dejar de trabajar y consumir las mismas cosas, o incluso más. El requisito es dejar de ver al trabajo como una contrapartida necesaria del ingreso. Esta idea que puede sonar descabellada, lleva el nombre de Ingreso Universal y está siendo debatida en muchos países del mundo, incluyendo buena parte de Europa.

Con una visión impresionante, John Maynard Keynes previó este cambio en el rol del trabajo en nuestra vida hace más de 80 años. En un impactante ensayo titulado “Posibilidades económicas para nuestros nietos”, escrito en 1931 en medio del desastre de la gran recesión, Keynes pronosticó para cien años después un mundo donde la humanidad hubiera solucionado “el problema económico”, garantizando a todos un estándar de vida muy elevado y la reducción o eliminación lisa y llana de la necesidad de trabajar. Fue el primero en pensar que tal vez el problema de la escasez que define el campo de acción de la economía podía ser una fase temporaria en la historia de la humanidad.

Cuando Keynes hablaba de las posibilidades que vislumbraba para sus nietos y su chance de vivir en abundancia, hablaba de nosotros. Y si bien en muchos sentidos sus proyecciones están comenzando a cumplirse, dos aspectos del mundo que él imaginaba parecen hasta ahora lejos de materializarse:

– Por un lado, Keynes veía que parte de la solución al problema de la escasez incluía una reducción del deseo humano por los bienes materiales. “Cuando la acumulación de riquezas ya no tenga importancia social (…) podremos dar a la motivación por el dinero su verdadero valor.” En su visión, el amor al dinero como fin en sí mismo y no como medio sería visto como “una conducta desagradable”.

– Por otro, no imaginó que un fuerte progreso económico como el que experimentamos desde 1930 pudiera ir acompañado de un aumento tan significativo de la desigualdad. Aún cuando previó que la llegada del ocio sería gradual y no para todos al mismo tiempo, la idea de que algunas personas fueran a quedar excluidas de manera permanente no pasó por su cabeza.

Keynes era consciente del carácter revolucionario de su visión en un mundo en el que el sobrevivir ha sido siempre el problema más acuciante. “Si el problema económico es resuelto, la humanidad será deprivada de su propósito tradicional”, afirmó. El curso de los acontecimientos, sin embargo, está en nuestras manos: si presentamos un escenario en el que 50% de la gente tiene trabajo y el resto no, la situación parece apocalíptica y las personas sienten pánico. Pero con un pequeño cambio de asignación puede plantearse un escenario equivalente en que todas las personas ganen lo mismo que hoy trabajando solo la mitad de las horas actuales. Y el pánico se convierte en ilusión.

Tenemos en nuestras manos la gran oportunidad de terminar de materializar los aspectos incumplidos de la optimista visión de Keynes: construir un mundo de abundancia, moderando a la vez nuestro actual consumismo extremo, redistribuyendo el trabajo y el ingreso para erradicar la pobreza y mantener el propósito. Si nos abocamos a estas metas con determinación, podremos “solucionar el problema económico” de un modo sostenible y para todos, y así “lograr vivir sabiamente, de manera agradable y buena” como Keynes idealistamente propuso hace casi cien años.

¡Que vuelva el corralito!

A comienzos de diciembre de 2001, apenas unos días antes del desplome económico de la salida de la Convertibilidad, apremiado por las circunstancias, Domingo Cavallo adoptó una medida extrema: el tristemente célebre «Corralito«. Como resultado de esta medida, la gente ya no podía disponer en efectivo del dinero que tenía en los bancos.

Mientras la mayoría se desesperaba y entraba en pánico, yo calladamente celebraba. De manera involuntaria, Argentina se lanzaba al primer gran experimento de virtualizar el dinero, haciendo que prácticamente todas las transacciones económicas estuvieran bancarizadas. Y yo estaba convencido de que el resultado sería revolucionario.

Semanas después vino la devaluación, la «pesificación asimétrica» y el «Corralón« (reprogramación de los depósitos), que implicó una significativa confiscación de los ahorros de los Argentinos. El salvajismo de estas últimas medidas acabó por desatar el odio de los ahorristas, que se volcaron masivamente a las calles y apedrearon por meses las fachadas de los bancos. Así, un aluvión de ira acabó sepultando rápidamente ese osado (aunque forzado) experimento.

Solucionar el Corralón demoró años, pero de todas las locuras que surgieron durante ese caos, hubo una que se normalizó rápidamente: menos de un año después de su entrada en vigencia, Roberto Lavagna dispuso el regreso del efectivo a las transacciones económicas, poniendo fin al «Corralito».

En este post, yo quiero argumentar que es hora de que volvamos a intentarlo.

El dinero y los vínculos sociales

Uno de los grandes misterios de mi vida es por qué decidí ser economista, siendo que en general no me gusta para nada la economía. Pero cada vez que leo cosas sobre «Economía del comportamiento» me doy cuenta qué fue lo que me atrajo. En particular, me pasó mucho eso al leer el libro «Freakonomics» y su secuela, «SuperFreakonomics».

Leyendo este último supe de un experimento fascinante que hizo un economista de la Universidad de Yale: investigar qué sucede si introducimos el uso de dinero en monos. Los resultados son sorprendentes y las potenciales conclusiones muy profundas.

Acerca de la economía, los abrelatas y el desafío de entender

abrelatas

«La tragedia del espíritu moderno consiste en que «resolvió el enigma del universo» pero sólo para reemplazarlo por el enigma de sí mismo.»

Alexandre Koyré 1

Existen un par de chistes, bastante conocidos, que expresan cómo nos sentimos frecuentemente aquellos que hemos estudiado economía. El primero cuenta que iban dos hombres viajando en un globo y el viento los desvió de su rumbo. Totalmente desorientados, ven un hombre abajo y le gritan: «Señor! Podría decirnos donde estamos??!!»  A lo que éste responde: «En un globo!!!». Inmediatamente, uno de los hombres en el globo dice: «Evidentemente, se trataba de un economista…». «¿Por qué lo dices?»- pregunta el otro. «Bueno, verás… es sencillo: su respuesta es rigurosamente lógica, evidentemente verdadera, y no sirve absolutamente para nada».

El segundo chiste es aquél del economista náufrago en una isla cuyo único alimento es una lata de sardinas, y que, desesperado por comer, resuelve el problema diciendo: «Supongamos que tuviera un abrelatas…».

Es en este estrecho campo limitado entre la obviedad del sentido común y la arbitrariedad e inverosimilitud de nuestros supuestos que los economistas (tanto profesionales como estudiantes) nos movemos.

La crisis financiera vista desde Silicon Valley y desde Barracas Beach

Pese a que no era el objetivo central del viaje, dado el momento difícil que vivimos, el tema de la crisis financiera apareció con casi todos los interlocutores.

Acá va un resumen de las cosas más interesantes que se dijeron y mi visión personal sobre ese tema, desde la coqueta playa de Barracas Beach a orillas del Riachuelo.