¿Y si tu próximo jefe fuera una computadora?

Hace algunas semanas tuve la increíble oportunidad de exponer en la reunión sobre Trabajo del G20 en Mendoza. Allí se reunieron los Ministros y equipos de trabajo de ese área de las mayores potencias mundiales para discutir los desafíos laborales que la humanidad enfrentará en los próximos años. La idea de que las computadoras y la inteligencia artificial amenazarán muchos de los trabajos actuales, que hasta hace tres años parecía una idea descabellada que solo unos pocos locos vaticinábamos, ahora aparecía omnipresente, casi como una certeza de lo que se avecina. Quizás las advertencias de figuras prominentes del mundo de la tecnología, como Bill Gates, Elon Musk y Mark Zuckerberg, o de dirigentes globales como Jim Yong Kim, presidente del Banco Mundial, terminaron de instalar el mensaje en la agenda de los funcionarios. O tal vez haya sido por las noticias que aparecen con frecuencia creciente, sobre computadoras logrando realizar tareas más y más complejas con un nivel superior al de las personas que llevan hoy a cabo esas tareas. En cualquier caso, la preocupación era palpable.

La herramienta más poderosa que existe

Hace unos años, en un taller de Silicon Valley, tuve la oportunidad de usar una de las herramientas más poderosas que existen: una cortadora de plasma. Esta máquina emite a altísima velocidad un jet de gas a una temperatura superior a los 50.000 °C, que corta una plancha gruesa de metal como un cuchillo caliente atraviesa un pan de manteca. La sensación que me generó tener algo tan poderoso en mis manos es difícil de describir.

Los autos autónomos y la ética en algoritmos

Un tren circula a alta velocidad por una vía. Todavía está a cierta distancia del lugar donde estás y ves que más adelante hay 5 personas reparando la vía. No tenés manera de avisarle al maquinista ni a los obreros del inminente peligro, pero delante tuyo hay una palanca que permite desviar el tren a una vía alternativa en la que está trabajando una sola persona. Solo hay 10 segundos para tomar una decisión. ¿Usarías el mecanismo para salvar a cinco pero activamente condenar a uno? ¿O dejarías que mueran más personas pero sin tener responsabilidad activa en esas muertes?

Navegando los mapas del lenguaje

Supongamos que te dieran una biblioteca con gran cantidad de libros en castellano, digamos unos diez mil, y otra con un número equivalente en una lengua que te es completamente desconocida, como por ejemplo sueco o finlandés. Y te pidieran que construyas un diccionario que permita traducir de un idioma al otro, identificando qué vocablo de esta lengua extraña equivale a cada uno en español. Seguramente lo primero que harías sería buscar libros en común en ambas bibliotecas. Una vez hecho esto, intentarías ir comparando ambos textos para descubrir de a poco las equivalencias.

La era de las cosas inteligentes

Hasta hace muy poco tiempo los únicos dispositivos conectados a internet eran las computadoras. Y toda la información disponible en la red era generada por los seres humanos, usuarios de esas computadoras. En los últimos años, con el rápido crecimiento de los smartphones, el número de aparatos conectados creció significativamente. Pero en este momento el proceso se está disparando. Cada vez nos encontramos con más y más dispositivos conectados: sistemas de monitoreo de video, medidores del estado del tránsito, SmartTVs, sensores climáticos, monitores de salud personales, y como conté en este espacio hace unos meses, pronto cualquier otra cosa, desde una heladera hasta un inodoro.

Ver para creer

La idea de que “hay que ver algo antes de creerlo” tiene orígenes bíblicos. Según el Nuevo Testamento, uno de los apóstoles, Santo Tomás, se rehusó a creer que Cristo hubiera resucitado hasta no ser capaz de observarlo con sus propios ojos. Cuando finalmente se encontraron cara a cara, continúa el texto, Tomás constató que era cierto pero Jesús le reprochó su incredulidad inicial.

Esta máxima de “ver para creer” expresa dos pilares de la experiencia humana del mundo. Por un lado, que fuera del ámbito específico de la fe religiosa, resulta fundamental buscar evidencias materiales como base para formar nuestras convicciones. Por otro, que la vista nos ha resultado siempre el más confiable de nuestros sentidos, el preferido a la hora de separar lo verdadero de lo falso.

Una mente mejorable

Consideramos la mente humana como algo maravilloso. Y en verdad hace cosas increíbles: es capaz de concebir una Sinfonía como la Novena de Beethoven, la teoría de la relatividad, la jugada del gol a los ingleses… Pero también falla. Falla de manera sistemática y en aspectos que no son menores para nuestra vida. Un caso muy claro es el de las ilusiones ópticas: nos muestran una imagen de líneas que son iguales pero, por alguna razón, nuestra mente ve a una de ellas más larga que la otra. Nos explican que son iguales, nos las miden, nos cuentan por qué las vemos de diferente longitud. Luego de todo eso volvemos a observar… y vemos una más larga que la otra.

El peligroso racismo de las inteligencias artificiales

Con el avance vertiginoso de la inteligencia artificial, más y más aspectos de nuestra vida comienzan a ser regidos por decisiones tomadas por máquinas, sin intervención humana. Como ejemplo, gran parte de las operaciones ejecutadas diariamente en los mercados de capitales son resultado de instrucciones emitidas por computadoras que analizan miles de variables para decidir cuál es el momento ideal para comprar o vender una determinada acción, un método conocido como “trading algorítmico”.

El fin del teléfono celular

El teléfono celular no existe más. Si bien tenemos la costumbre de llamar a esto “teléfono inteligente” o “smartphone”, esto no es más un teléfono que una cámara de fotos, un GPS, un televisor, una consola de juegos, un navegador de internet o un equipo de música. Seguimos llamándolo “teléfono” por una cuestión de inercia, pero en realidad es simplemente una super computadora de bolsillo.

Porque, como hace 60 años descubrió el genial Alan Turing, las computadoras son “máquinas de propósito general”, es decir, una máquina que no tiene una función específica sino que puede hacer casi cualquier cosa dependiendo del software que se le cargue. Con la programación adecuada puede ser lo que queramos que sea. Esto, que vivimos con total naturalidad, hubiera dejado perplejos a cualquiera de los grandes genios de la historia, como Da Vinci, Newton. Es que hasta ese momento, cada tarea requería de un equipamiento especialmente diseñado para ese único fin.

Humanos aumentados: integrando mentes y máquinas

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Hace un mes, en Zurich, tuvo lugar un evento deportivo asombroso. Ensombrecida quizá por sus hermanos mayores, los monumentales Juegos Olímpicos, esta competencia impactante pasó casi inadvertida. Y, sin embargo, sus logros son más conmovedores y sus alcances futuros mucho más revolucionarios que reducir en unas milésimas la marca de los 100 metros llanos o saltar unos centímetros más alto o más lejos que antes.

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