La inteligencia de los animales y la estupidez humana

Hay ciertas capacidades de la mente humana que solemos pensar como exclusivas de nuestra especie: rasgos como la inteligencia, el pensamiento, la empatía o la consciencia. ¿Pero es realmente así?

Cualquiera que haya interactuado alguna vez con un perro sabe que indudablemente tienen emociones. No solo las tienen, su miedo o su alegría son esencialmente iguales a los nuestros. Pero la emoción es la más “primitiva” de las cualidades humanas. ¿Compartirán también nuestras características más elevadas?

Las redes sociales y la “fórmula de Foley”

En 1984 hubo una película llamada “Un detective suelto en Hollywood”. En ella, el comediante Eddie Murphy encarnaba a un detective un tanto peculiar llamado Axel Foley. Foley no dudaba en inventar historias extravagantes o abusar del caradurismo para conseguir lo que necesitaba. Algo de esa película me quedó dando vueltas en la cabeza por años: no la parte fabuladora del personaje, sino la parte caradura, la de animarse a meterse en cualquier lado y entablar contacto con cualquier persona, por importante que fuera. Bauticé este método como la “fórmula de Foley”.

La trampa de la pasión

“Tenés que encontrar lo que te apasiona en la vida y construir tu futuro alrededor de esa pasión”. En el final de mi adolescencia, ese momento crucial de la vida en que tenemos que decidir en serio “qué queremos ser cuando seamos grandes”, una persona cercana me dio este consejo. Estoy seguro que cuando pasaste por esa etapa o en algún momento bisagra de la adultez en que estabas revisando tu rumbo recibiste, palabra más, palabra menos, una recomendación similar.

El desafío de controlar los sueños

Después de una intensa jornada de trabajo en la oficina, cae la noche y Juan llega a su casa. Exhausto por el esfuerzo del día, come una cena liviana y, mientras experimenta un cansancio profundo, lo invade una sensación de desazón. Este fue un día común, otro más en el que no sucedió nada fuera de lo ordinario. El mejor momento del día fue cuando se cruzó a María en el pasillo que lleva a las oficinas del fondo. Fue el único instante en que su corazón latió con fuerza. Pero, como sucede a diario, ella ni lo miró. Nunca lo ve. Así es la vida de Juan: una agobiante rutina donde cada día se parece al anterior, sin emociones ni sorpresas. “Mañana será igual”-  piensa mientras el agotamiento lo vence. Y de repente… ¡sucede!

El peligro de los patos negros

Durante cientos de años en el mundo anglosajón se usó la expresión “cisne negro” como metáfora de cualquier cosa inexistente. Esto fue así hasta que en 1770 el Capitán James Cook llegó por primera vez a Australia y se encontró con que allí los cisnes negros abundaban. El famoso explorador llevó un par de ejemplares de regreso a Inglaterra y forzó a redefinir el sentido de la frase. Desde ese momento un “cisne negro” no simboliza algo inexistente sino a una cosa extremadamente rara.

Buenas elecciones

Uno de mis temas favoritos en este espacio son los sesgos cognitivos: estas fallas sistemáticas que tiene nuestra mente y nos hacen tomar decisiones de manera irracional y, frecuentemente, equivocada. Operando siempre escondidos detrás de la cortina de nuestras racionalizaciones, creemos que elegimos una alternativa en particular por esas causas e ignoramos el poderoso efecto subconciente que los sesgos tienen para llevarnos a escoger lo que elegimos.

¿Cuál es la mejor edad de la vida?

La vida comienza a los cuarenta, dicen algunos. Los sesenta son los nuevos cuarenta, dicen otros. Transitivamente, ¿será entonces que la vida ahora comienza a los sesenta?

Desde chico me intrigó saber cuál sería la mejor edad de la vida. Y hace unas semanas me propuse finalmente buscar una respuesta a ese interrogante. Para ello diseñé una breve encuesta y desde mi columna de radio invité a la audiencia de Basta de Todo a contestarla. Más de 2500 personas de edades muy variadas respondieron y los resultados fueron muy interesantes. Pero quizá la conclusión más importante es que no hay “una” mejor edad. O, dicho de otra manera, la mejor edad para cada uno depende de qué aspectos de la vida cada persona priorice.

El arma secreta de los humanos contra los robots

Un mes atrás perdí mi billetera. Adentro tenía mis documentos, mi tarjeta de crédito y credenciales varias. Antes de dar todo por perdido decidí esperar unas horas para ver si quien la encontrara se contactaba conmigo para devolverla. Y felizmente así sucedió. Esa misma noche, después de pasar por varias manos, una persona amable la dejó en mi casa.

Como precaución, decidí llamar a la empresa que emitió mi tarjeta para chequear si había sido usada. Después de navegar un buen rato por varios larguísimos menús de opciones que intentaron ahorrar dinero negándome el acceso a una persona, logré que me atienda un ser humano. Le expliqué la situación y le pedí que me dijera si se registraban consumos a mi nombre desde la hora en que había perdido la billetera. Con un tono metálico y monocorde me respondió: “Nuestro horario de atención es de 8 a 20. Después de esa hora consulte en la web.” Insistí. Después de todo sabía que los sistemas no dejan de funcionar a las 20 y que seguramente él podía acceder a la información que yo necesitaba. Una vez más, con el mismo tono de voz me recitó una por una las mismas palabras: “Nuestro horario de atención es de 8 a 20. Después de esa hora consulte en la web.” Muy frustrado, tuve ganas de levantar la voz pero enseguida pensé que no debía agarrármela con él porque esa mala atención no era culpa del pobre telemarketer. ¿O si?

Cambiar para sobrevivir

La resistencia al cambio no es un defecto. Es una parte esencial de lo que somos. Es resultado de la evolución natural y por ende se forjó decenas de miles de años atrás. En aquel momento, nuestros ancestros habitaban en las planicies de África, en un mundo donde los premios y castigos eran estables. Si salías un día de tu cueva, tomabas un sendero, te topabas repentinamente con un león y tenías la suerte de salir con vida, no ibas más hacia ese lado, porque allí estaba el león. Si, por el contrario, al día siguiente otro sendero te conducía a un valle lleno de frutos nutritivos, de ahí en más repetías esa conducta eficaz con regularidad.

Es decir: cuando encontrabas una receta que funcionaba bien para sobrevivir, los individuos más propensos a adoptar esas fórmulas se adaptaban mejor al medio y dejaban más descendencia. A la larga, la inercia a repetir lo que funciona se convirtió entonces en un aspecto crucial de nuestro linaje como especie. Ese aprendizaje quedó grabado en nuestro cerebro en la forma de un sesgo cognitivo, una conducta que opera afectando nuestra manera de leer la realidad y de tomar decisiones sin que siquiera seamos conscientes de ello. Parafraseando al economista británico John Kenneth Galbraith, enfrentados a la disyuntiva entre cambiar de idea o buscar pruebas de que no hace falta hacerlo, la mayoría elegimos demostrar que el cambio es innecesario.

La verdad no existe

La verdad no existe. Es un ideal. Pero que no exista no nos exime de buscarla. Buscarla es fundamental, porque la verdad no existe, es un ideal, pero la mentira sí, es bien real.

Ante una determinado hecho se abren “n” posibles interpretaciones. La imparcialidad no existe. También es un ideal. Pero que no exista no implica dejar de aspirar a ella. Perseguirla es esencial porque la imparcialidad no existe, pero la tergiversación intencionada sí, es completamente tangible.

La justicia no existe. Es un ideal. Pero que no exista solo agiganta el desafío de lograrla. Porque aunque no exista la justicia y sea sólo un ideal, la injusticia y la inequidad nos interpelan, nos golpean en la cara cada minuto que pasa.

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