Viendo a través de tu cuerpo

Dentro de poco tiempo, cuando alguien te diga que mires dentro tuyo no te estará hablando de que hagas introspección. Un impactante avance tecnológico promete permitir pronto ver dentro del cuerpo humano como si fuera transparente.

El avance del terraplanismo y otras teorías conspirativas

Que las conspiraciones existen no cabe la menor duda. Figuras históricas como el emperador romano Julio César o Abraham Lincoln cayeron víctimas de algunas de ellas. Pero por cada conspiración real existen decenas de teorías conspirativas, la mayoría de ellas totalmente disparatadas y sin la menor evidencia que las avale.

Internet y las redes sociales le dieron un impulso inédito a este fenómeno, ofreciendo la plataforma perfecta para que los impulsores de esas ideas descabelladas puedan intentar convencer a los demás. Después de todo, si logran que su explicación sea aceptada por todos dejaría de ser vista como una “teoría” y pasaría a ser la nueva “historia oficial”. Por eso pelean y pelean para intentar imponer su versión de los hechos. Algunos lo hacen movidos por convicción genuina, otros para impulsar su agenda extremista, otros simplemente por interés comercial.

Las redes sociales y la “fórmula de Foley”

En 1984 hubo una película llamada “Un detective suelto en Hollywood”. En ella, el comediante Eddie Murphy encarnaba a un detective un tanto peculiar llamado Axel Foley. Foley no dudaba en inventar historias extravagantes o abusar del caradurismo para conseguir lo que necesitaba. Algo de esa película me quedó dando vueltas en la cabeza por años: no la parte fabuladora del personaje, sino la parte caradura, la de animarse a meterse en cualquier lado y entablar contacto con cualquier persona, por importante que fuera. Bauticé este método como la “fórmula de Foley”.

¿Por qué nos cuesta tanto ser felices?

A comienzos de año la Universidad de Yale lanzó un curso optativo que rápidamente se convirtió en el más numeroso jamás creado en los 316 años de historia de esta prestigiosa institución educativa. Uno de cada cuatro alumnos, fuera cual fuera la carrera que estuvieran haciendo, se anotó para participar. La cantidad resultó tan alta que excedía largamente la capacidad de las aulas más grandes y debió dictarse con retransmisión simultánea en un gran número de salas. ¿Cuál era el contenido de este curso que despertó semejante furor? El tema era cómo ser felices.

La hora de destruir tu trabajo

Hace un tiempo recibí una curiosa invitación. Me convocaban como jurado de un “hackaton”, una de estas competencias cada vez más frecuentes en la cual varios equipos intentan resolver un problema. En esa ocasión, los grupos estaban integrados por empleados de la propia compañía organizadora y su meta era reinventar desde cero uno de los principales negocios de esta empresa. Cada equipo disponía de dos días para elaborar una propuesta y mi rol, junto a otras personas más, era escuchar las presentaciones finales y elegir al ganador. Cuando finalmente llegó el momento de las exposiciones, me llevé una gran sorpresa. ¡Todos diseñaron soluciones que eran esencialmente idénticas! Fue sumamente difícil elegir un ganador. Tal vez estés pensando que la causa fue que, empujados por la inercia y los preconceptos, los participantes fueron incapaces de imaginar caminos novedosos. Pero no era el caso: todas las propuestas implicaban una transformación grande y muy necesaria, capaz de generar una mejora sustancial del negocio en cuestión. El episodio me dejó desconcertado y durante días estuve pensando por qué habría pasado eso, hasta que finalmente se me ocurrió una explicación. En cualquier empresa, conviviendo a diario con los problemas que los usuarios tienen al interactuar con ella, casi todos los integrantes sabemos bien cuáles son las cosas que deberían cambiar. En el caso puntual de la compañía que organizó la competencia, aún sin haberlo conversado nunca entre ellos, existía un gran consenso respecto de qué estaba funcionando mal y de cómo arreglarlo. Me pregunté entonces, desconcertado de nuevo: ¿Cómo podía ser que, pese a ello, la mayoría de las empresas den un servicio deficiente si todos están, tácita o explícitamente, de acuerdo en lo que debe ser corregido? La respuesta me la daría el tiempo. Ya pasó más de un año desde el día del “hackaton” y, a pesar de que todos concordaban en lo que había que hacer, nada de lo que se propuso ese día ha sido implementado aún.
Esta pequeña historia ilustra un principio general que aplica a la mayoría de las empresas, pero también a otros ámbitos de la vida. Cuando se trata de innovar, en muchos casos la barrera más importante no es saber qué hacer sino vencer los desafíos y resistencias que se presentan al hacerlo.
Mientras nos quedamos atrapados en los vericuetos de innovar, la tecnología nos dobla la apuesta. Poco después de la historia anterior di una conferencia para un gran banco de un país vecino. Luego de terminada mi charla, el presidente del banco me invitó a conocer su flamante “Centro de Innovación”, una dependencia separada del resto de la organización cuya meta era, obviamente, “aportar innovaciones al negocio” del banco. Dados los masivos cambios que se vienen en la industria financiera, mi sugerencia fue que ese nuevo área se llamara “Centro de Disrupción” y tuviera un objetivo diferente. Su misión debía ser DESTRUIR al banco. La razón es simple: si ellos no encuentran el Talón de Aquiles de su modelo de negocio, montones de emprendedores brillantes están ahora mismo intentando hacerlo. Es cuestión de tiempo. En definitiva, la innovación mejora incrementalmente lo que estamos haciendo. La disrupción aniquila lo anterior e instala en su lugar un modelo superador que deja al anterior obsoleto.
Con el avance de la disrupción tecnológica, a todos se nos acerca ese momento de atrevernos a destruir nuestro propio trabajo y reemplazarlo por lo que viene, antes de esperar que otro lo haga por nosotros y nos saque del partido.

Multitasking: Haciendo todo y nada

Acompañar el ritmo vertiginoso que le imprimen a la vida internet y las redes sociales es un desafío para todos. Pero el reto es mucho mayor aún para los que enfrentamos el mundo del siglo XXI con cerebros “cableados” en el siglo XX. La mayoría de quienes leen esto, yo incluido, crecimos, en un mundo muy diferente al actual. Tal vez no fuéramos esencialmente diferentes a los niños de hoy en nuestra capacidad de resistir los estímulos distractivos. Simplemente, ¡es que casi no los había! Igual que sucede hoy, ir al colegio podía parecernos aburridos. Pero, ¿cuál era la opción? Cuando yo faltaba a clase, no había televisión hasta las 10. Y recién a las 11 estaba el único un programa infantil con dibujos animados de la mañana. Pero la “panacea” apenas duraba una hora. Después volvía con toda su fuerza la necesidad de inventar algo que hacer para no aburrirse.

El dilema del pasajero egoísta

Solo en los últimos dos meses Waymo, la division de Google que desarrolla autos que no requieren de conducción humana, anunció una inversion superior a los mil millones de dólares para adquirir más de 80.000 automóviles que le permitirán multiplicar en los próximos dos años su flota actual de 600 unidades a una más de cien veces mayor. Esta transacción termina de confirmar que la revolución de contar con autos plenamente autónomos está finalmente a la vuelta de la esquina. Esta es una excelente noticia, dado que la adopción de esta tecnología permitirá salvar millones de vidas que hoy se pierden por la impericia de la conducción humana.

¡Feliz día, papás del siglo XXI!

No hace falta remontarse demasiado tiempo atrás para descubrir que en el pasado ser padre era algo muy distinto a lo que es hoy. Hacia fines de la década del 20, el manual de crianza más popular escrito por el psicólogo cognitivista John B. Watson, recomendaba criar a los hijos evitando en lo posible toda muestra de afecto. Si se lastimaban, tratar asépticamente la herida pero no calmarlos. Si tenían un logro importante, un golpecito de reconocimiento en la cabeza. En ningún caso abrazarlos, besarlos o levantarlos a upa. Detrás de estas prácticas, que hoy suenan francamente descabelladas, estaba la convicción de que el mundo es un lugar hostil, y que todas las muestras de cariño generaban debilidad que los dejaba peor preparados para la vida.

Blockchain: la próxima gran tecnología disruptiva

Una de las condiciones para que el mundo funcione es poder saber de manera clara quién es dueño de qué. A tal fin, en la era pre-digital las naciones debieron crear registros para llevar control sobre la titularidad de la mayoría de los activos. Otras informaciones, como los datos filiatorios de las personas, quién está casado con quién o si una persona está habilitada para conducir, también deben ser registradas de manera segura por los países. De este modo, datos como la identidad o la propiedad no pueden ser falseados, alterados con retroactividad ni ser objeto de controversia. Cuando por alguna razón existe una disputa, basta pedir al estado que chequee sus registros. Sin embargo, la enorme burocracia que esto genera hace muy lento y difícil acceder a esa comprobación.

La hora de los robots se acerca

La idea de vivir rodeados de robots que nos hagan la vida más sencilla nos acompaña hace tiempo. En la década del 60, los Supersónicos se ocuparon de plasmar esa fantasía con Robotina, esa asistente mecánica que resolvía muchos de los problemas de la vida diaria de la familia.

Cincuenta años pasaron desde ese momento y la convivencia cotidiana con robots sigue sonando a ciencia ficción. Un robot no es otra cosa que una máquina, manejada por una computadora. Pero de poco sirve una sofisticada estructura mecánica si no es capaz de realizar por su cuenta tareas complejas. Por ello, la razón principal de su inexistencia hasta hoy no es la dificultad en construir sus cuerpos, sino sus mentes. Pero los rápidos avances recientes en inteligencia artificial están allanando finalmente este obstáculo.

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