La era de las cosas inteligentes

Hasta hace muy poco tiempo los únicos dispositivos conectados a internet eran las computadoras. Y toda la información disponible en la red era generada por los seres humanos, usuarios de esas computadoras. En los últimos años, con el rápido crecimiento de los smartphones, el número de aparatos conectados creció significativamente. Pero en este momento el proceso se está disparando. Cada vez nos encontramos con más y más dispositivos conectados: sistemas de monitoreo de video, medidores del estado del tránsito, SmartTVs, sensores climáticos, monitores de salud personales, y como conté en este espacio hace unos meses, pronto cualquier otra cosa, desde una heladera hasta un inodoro.

Ver para creer

La idea de que “hay que ver algo antes de creerlo” tiene orígenes bíblicos. Según el Nuevo Testamento, uno de los apóstoles, Santo Tomás, se rehusó a creer que Cristo hubiera resucitado hasta no ser capaz de observarlo con sus propios ojos. Cuando finalmente se encontraron cara a cara, continúa el texto, Tomás constató que era cierto pero Jesús le reprochó su incredulidad inicial.

Esta máxima de “ver para creer” expresa dos pilares de la experiencia humana del mundo. Por un lado, que fuera del ámbito específico de la fe religiosa, resulta fundamental buscar evidencias materiales como base para formar nuestras convicciones. Por otro, que la vista nos ha resultado siempre el más confiable de nuestros sentidos, el preferido a la hora de separar lo verdadero de lo falso.

Buenas elecciones

Uno de mis temas favoritos en este espacio son los sesgos cognitivos: estas fallas sistemáticas que tiene nuestra mente y nos hacen tomar decisiones de manera irracional y, frecuentemente, equivocada. Operando siempre escondidos detrás de la cortina de nuestras racionalizaciones, creemos que elegimos una alternativa en particular por esas causas e ignoramos el poderoso efecto subconciente que los sesgos tienen para llevarnos a escoger lo que elegimos.

Un extraordinario regalo del cielo

Foto: Diego Arranz (Fotoescape) https://www.instagram.com/fotoescapefotos/

Hace algunas semanas pude cumplir uno de los sueños de mi vida: presenciar un eclipse total de sol. Este fascinante espectáculo astronómico es extraordinario por donde se lo mire. Por un lado, es sumamente infrecuente: solo ocurre uno cada aproximadamente dieciocho meses, cubre una porción ínfima del planeta y la mayoría de las veces ocurre sobre el mar o en regiones recónditas e inaccesibles. Y para complicar más las cosas, en ocasiones las nubes se ocupan de impedir que el eclipse se vea allí donde podía ser visto. Tan extraños son que hacía casi 100 años que un país de grandes dimensiones como Estados Unidos no vivía un eclipse de las características del que tuve la dicha de presenciar. Cuando finalmente ocurre, su duración es cruelmente efímera: en este caso apenas dos minutos y medio en que la luna cubre por completo al sol y proyecta su sombra sobre nuestro planeta.

Amortales

Los seres humanos somos mortales. Llegamos a este mundo, crecemos, maduramos, envejecemos y en algún momento nos toca que nuestra vida se termine. La razón biológica por la que esto es así es que envejecemos. Y el envejecimiento va dañando algunas funciones de nuestro organismo por lo que, a partir de la adolescencia, la probabilidad de vivir un año más va bajando, hasta que en algún momento sale nuestro número en la lotería del final de la vida.

Mosquitos mutantes: la promesa y el riesgo de la nueva edición genética

Si te pido que pienses en animales asesinos es muy posible que vengan a tu memoria tiburones, cocodrilos o leones. Pero, como suele sucedernos, somos bastante malos identificando riesgos reales de fantasías. A pesar del efecto sobre nuestra conciencia colectiva del célebre filme de Spielberg, los tiburones solo matan en promedio a seis personas al año. El rey de la selva, por su parte, es responsable por poco más de veinte. Con mil muertes anuales, el cocodrilo supera por bastante a los otros.

El arma secreta de los humanos contra los robots

Un mes atrás perdí mi billetera. Adentro tenía mis documentos, mi tarjeta de crédito y credenciales varias. Antes de dar todo por perdido decidí esperar unas horas para ver si quien la encontrara se contactaba conmigo para devolverla. Y felizmente así sucedió. Esa misma noche, después de pasar por varias manos, una persona amable la dejó en mi casa.

Como precaución, decidí llamar a la empresa que emitió mi tarjeta para chequear si había sido usada. Después de navegar un buen rato por varios larguísimos menús de opciones que intentaron ahorrar dinero negándome el acceso a una persona, logré que me atienda un ser humano. Le expliqué la situación y le pedí que me dijera si se registraban consumos a mi nombre desde la hora en que había perdido la billetera. Con un tono metálico y monocorde me respondió: “Nuestro horario de atención es de 8 a 20. Después de esa hora consulte en la web.” Insistí. Después de todo sabía que los sistemas no dejan de funcionar a las 20 y que seguramente él podía acceder a la información que yo necesitaba. Una vez más, con el mismo tono de voz me recitó una por una las mismas palabras: “Nuestro horario de atención es de 8 a 20. Después de esa hora consulte en la web.” Muy frustrado, tuve ganas de levantar la voz pero enseguida pensé que no debía agarrármela con él porque esa mala atención no era culpa del pobre telemarketer. ¿O si?

El peligroso racismo de las inteligencias artificiales

Con el avance vertiginoso de la inteligencia artificial, más y más aspectos de nuestra vida comienzan a ser regidos por decisiones tomadas por máquinas, sin intervención humana. Como ejemplo, gran parte de las operaciones ejecutadas diariamente en los mercados de capitales son resultado de instrucciones emitidas por computadoras que analizan miles de variables para decidir cuál es el momento ideal para comprar o vender una determinada acción, un método conocido como “trading algorítmico”.

El fin del “problema económico”

En un reporte publicado recientemente por el Banco Mundial, Argentina lidera el mundo en proporción de empleos en riesgo de ser reemplazados por software y robots. Dos tercios de los puestos de trabajo en nuestro país posiblemente se pierdan en los próximos años, en manos de las computadoras. ¿No es genial? ¡Al fin somos líderes en algo! Vamos a la vanguardia en el camino hacia el pleno desempleo.

La segunda revolución sexual

Allá por la década del 60, la llamada revolución sexual cambió la relación de gran parte de la humanidad con el sexo. Este movimiento social, también llamado liberación sexual, amplió los alcances de lo que se consideraba moralmente aceptable hasta entonces y sentó las bases para el modo en que la mayoría vive la sexualidad hoy en día. El cambio más importante en aquel momento, gracias al avance de los métodos anticonceptivos y en especial la aparición de la píldora, fue abrir la puerta al sexo sin reproducción.

Cincuenta años después, una compañía fundada en los Estados Unidos por Martín Varsavsky, uno de los más destacados y exitosos emprendedores argentinos, podría tener un impacto tan grande como aquel y dar lugar a una segunda revolución sexual, la de la reproducción sin sexo.

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