Imaginemos una situación: vas caminando por la calle y ves a un joven que aprovecha un descuido de una señora y le saca la billetera sin que ella lo note. A 50 metros de distancia hay un policía. ¿Qué hacés? ¿Tratás de atrapar al ladrón, gritás o corrés para avisar al policía o no hacés nada? Te pido que pienses ahora no solo qué harías sino qué te parece que es lo correcto para hacer en una situación así.
Te agrego ahora un elemento. La persona que acaba de cometer el delito es alguien a quien conocés. No necesariamente un amigo pero alguien conocido. ¿Cambia en algo tu decisión? ¿Y tu idea de lo que es correcto?
La respuesta a esta pregunta plantea una cuestión ética que divide en dos a las sociedades. En gran parte del mundo, cuando uno presencia un hecho indebido la obligación moral es actuar. Hacer lo que esté a nuestro alcance para prevenir o castigar lo incorrecto. En esos países, por ejemplo, si un padre trata a su hijo con rudeza en la calle, es altamente probable que otra persona se acerque de la nada y lo reprenda. En otros, como la Argentina, la ecuación está invertida. Denunciar a quien hace algo indebido sin ser el perjudicado directo de la acción incorrecta es ser «botón». Y para mucha gente, ser «botón» es tan grave como el acto indebido mismo.
En sociedades como la nuestra, la responsabilidad de que la gente haga lo correcto recae sola y exclusivamente en la autoridad correspondiente. Todos los demás, no tenemos nada que ver y preferimos la complicidad pasiva a la «botoneada». Esto se ve mucho más claro en el ejemplo en que la persona que actúa incorrectamente es alguien conocido. En ese escenario muchas veces la cosa se extrema: no solo la gente cercana no interviene, sino que suele hacer todo lo que esté a su alcance para propiciar el encubrimiento.
Me gustaría presentarles ahora tres ejemplos: 1) algo que me sucedió a mí, 2) el trágico choque de hace dos semanas en la ruta 11, y 3) la «masacre de Las Heras» del mes pasado.
1) Empecemos por el menos dramático y más personal. Hace unas semanas atrás quise conocer la ciudad de Buenos Aires como turista y me tomé el «bus turístico» con mi esposa y mis hijos. Al llegar el ómnibus, vi que tres personas bajaban llevándose consigo los auriculares que se utilizan a bordo para escuchar la narración del paseo. La encargada los vio y no hizo nada. Yo miré alrededor y vi un policía a la distancia. No pudimos subir al colectivo porque estaba completo y me quedé abajo viendo a estas tres personas con sus auriculares. Quise decirles algo y no me animé. Pensé en avisar al policía y tampoco pude hacerlo. No porque creyera que no era mi deber intervenir. Simplemente porque no tuve el coraje, dudando de la reacción de los «ladrones», de la gente alrededor mío, e incluso de la del policía. La bronca de sentirme un cobarde incapaz de hacer lo que creo correcto me quedó como una espina clavada.
2) El segundo ejemplo es mucho más dramático y fue el que me llevó a escribir este post. Hace un par de semanas atrás, Daniel Laterza, un policía que no estaba en servicio e iba viajando por la ruta 11 con su familia, vio a un conductor que zigzagueaba peligrosamente, pasando a la contramano de la ruta. Comenzó a seguirlo y realizó varios llamados al 911 para intentar que policías en servicio lo ayudaran a detenerlo. Les dijo con claridad: «Este tipo va a matar a alguien. ¡Hay que pararlo!». Ninguno de los policías con los que habló por teléfono ni los que cruzó en el camino durante los 40 Km en que persiguió al conductor ebrio hizo nada por intervenir. Tampoco ninguno de los otros autos que lo cruzaron.
Laterza utilizó su celular para filmar un impactante video con toda su persecución y las llamadas de auxilio. Finalmente la tragedia ocurrió, generando un choque en el que murió una persona y en el que el vehículo del borracho no sufrió ningún daño. Después del accidente, Laterza -sin ayuda- logró detenerlos y los dos ocupantes de la camioneta no podían ni tenerse en pie.
Viendo el video sentí una enorme impotencia. Por la indolencia de los demás testigos y por la inacción de los policías de la zona. Pero lo verdaderamente inquietante sucedió después. El conductor que causó el accidente salió rápido en libertad. Y los familiares de Daniel Laterza aclaran en los medios que él no quiso perjudicar a nadie con su video, tal vez temerosos de que pueda recibir represalias, porque la filmación dejó en falta a un montón de agentes que ahora están siendo investigados. Lamentablemente, en la Argentina Laterza no es un héroe. Es un botón.
3) El tercer caso ocurrió el mes pasado. Un vecino de 13 años asesinó a toda una familia en la ciudad mendocina de Las Heras. Más allá de los detalles del hecho, a mí me llamó la atención uno. Al llegar a su casa con toda la ropa ensangrentada, su abuela se apuró a intentar lavar todo para eliminar las pruebas que pudieran incriminarlo.
Y este no es el único caso. Casi siempre pasa lo mismo. Yo nunca pude entender ni a los familiares/amigos ni a los abogados que extreman sus esfuerzos para ayudar a que un crimen quede impune. Es cierto que la ley ampara a que uno no declare en contra de alguien cercano. Y en un punto lo entiendo. Pero una cosa es mantenerse al margen y otra colaborar activamente en el encubrimiento. El caso de María Marta García Belsunce es un buen ejemplo de esto. Es difícil entender por qué la mataron. Pero mucho más inquietante resulta comprender por qué su hermano, cuñados, etc., hicieron lo imposible por proteger al asesino, ocultando el homicidio primero y dificultando su esclarecimiento después.
También me vienen a la mente los pibes que seis años atrás presuntamente mataron a pedradas a Ariel Malvino en Ferrugem, cuyos padres también hicieron lo imposible por lograr la impunidad de sus hijos. Tristemente, seis años después todavía no hay un solo detenido.
Sé que es una pretensión exagerada… Pero en el fondo yo creo que el culpable mismo debería asumir su responsabilidad y aceptar allanarse y pagar sus culpas. Hay una película de hace unos 10 años llamada «Visto para sentencia», donde Ben Kingsley protagoniza a un padre que mata para vengar la muerte de su hijo. El eje de la película son las discusiones entre el abogado que lo asesora para que intente no ir preso y el protagonista que se rehusa, porque sabe que es culpable y considera que debe pagar por lo que hizo. Si no la han visto, se las recomiendo.
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En el cine todos nos enganchamos con las historias de superhéroes. Seres virtuosos que, sin ninguna obligación, arriesgan su vida peleando contra «el mal» para proteger a los «buenos». Pero bajo la moral predominante argentina, los super no son héroes. ¡Son botones! ¡¿Qué tiene Batman que meterse con el Pingüino si a él no le hizo nada?! Que robe nomás el banco de Ciudad Gótica, si Batman no tiene cuenta ahí…
La prevención de actos incorrectos en una sociedad depende, en gran medida, de las autoridades que deben promover el cumplimiento de las leyes. Pero también depende mucho de la presión de los pares. No hay muchos países como éste, donde la gente se mande la parte con sus «avivadas» y los demás no solo no los censuren sino que los aplaudan. Hay que actuar. El primer paso para intervenir es siempre mostrar el repudio e invitar al otro a hacerse cargo de lo incorrecto de sus actos. La censura de los demás, especialmente de los cercanos, es más poderosa que cualquier autoridad externa.
Yo quiero vivir en una sociedad donde la ética, la aspiración, sea la de los «héroes», no donde todos se rijan por la regla suprema de la complicidad para no ser «buchones». Como siempre, el cambio puede empezar con uno mismo. Quiero cerrar pensando juntos cómo manejar dos situaciones cotidianas:
1) La ética del no ser botón se inculca desde temprano a nuestros chicos. Varias veces he visto padres que enseñan a sus hijos que cuando se presentan situaciones donde otro chico hace algo incorrecto, jamás «botoneen» a un compañero. No les proponen siquiera que se acerquen a su amigo a decirle que eso no se hace y proponerle que se haga cargo y repare las consecuencias de sus actos. Es más importante no ser botón que promover que se haga lo correcto. En otras sociedades funciona exactamente al revés: se les enseña a «speak up» (decir lo que piensan sin miedo). La regla es: si ves algo incorrecto, tu responsabilidad es actuar.
Observo incluso con sorpresa a padres que, remedando a los padres de los presuntos asesinos de Ariel Malvino, cuando la escuela sanciona a sus hijos, arman escándalos, desacreditan a las autoridades y argumentan airadamente su inocencia ante todo, como para que vayan aprendiendo también desde chicos que siempre hay que buscar la impunidad. ¿Vos qué ética querés transmitirle a tus hijos?



