Dos páginas de internet, dos experimentos sociológicos.
Por un lado, La Prueba de la Bicicleta: un grupo de jóvenes argentinos deja bicicletas apoyadas en un poste sin candado y filma con una cámara oculta cuánto tiempo pasa hasta que alguien las roba.
Resultado: previsiblemente, en la mayoría de las esquinas de Buenos Aires la bicicleta no llega a durar 10 minutos. Cuando el experimento se realiza en España el resultado es bastante distinto. En casi todos los casos la bicicleta aún está ahí dos horas después.
Por otro lado, la historia de Santiago Gori, el taxista que devolvió una mochila con U$S 35.000 que una pareja de pasajeros olvidó en su taxi. El hecho de que él los haya buscado para reintegrarles el dinero fue noticia en todos los diarios de Argentina y algunos del exterior. La honestidad, a primera vista, resulta inesperada y sorprendente. Pero lo mejor de la historia vino después. Indignados por el hecho de que en un primer momento los dueños del dinero no le dieron nada en agradecimiento a Gori, un par de publicistas de 22 y 24 años decidieron armar una página llamada Devolvámosle la guita al taxista, para que las personas que así lo desearan pudieran hacerle donaciones.
Resultado: En unos pocos días, montones de desconocidos realizan aportes que exceden los 130.000 pesos originalmente devueltos.
Conocí a La Liebre Amotinada, los autores de La Prueba de la Bicicleta, hace un par de años atrás, cuando estuve en Pecha Kucha. El experimento me pareció divertido e intrigante. Es una lástima que más países no lo hayan repetido. Hacerlo sería como tener un índice Big Mac de la honestidad. No obstante, me animo a postular que la Argentina estaría entre los peores países.
A mí lo que me resulta increíble es que, casi con seguridad, la mayoría de los que se llevan las bicicletas son personas comunes que salieron de su casa como cualquier otro día a hacer otra cosa, pero ven la oportunidad y se convierten en ladrones. De hecho, como se observa en los videos, casi todos hacen varias pasadas antes de animarse a llevársela, tiempo de sobra para no considerarlo un acto impulsivo sino claramente meditado.
No me sorprende menos, de todos modos, la respuesta abrumadora para reconocer el gesto honesto de Gori.
Realmente me siento desconcertado. Apenas puedo decir que, aunque puede sonar descabellado, yo no creo que seamos una sociedad dividida en buenos y malos. En mi opinión lo más extraño de nuestra naturaleza es que, así como los torturadores de la Dictadura iban a misa, los mismos que, de una manera u otra, «robamos bicicletas», nos ponemos de pie y ovacionamos la honestidad.
Para mí la Argentinidad es, ante todo, un enigma.



