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10-09-2020

La vida después de la pandemia, parte final: La búsqueda de un nuevo equilibrio

A lo largo de esta serie de notas sobre la cuarentena me propuse mostrarte que, entre tanta preocupación e incertidumbre, algunas de las limitaciones que la pandemia nos impuso podían generar aprendizajes que mejoren nuestra calidad de vida en adelante. Dejé para el final el más importante de estos cambios forzados: bajar nuestro ritmo de vida y disminuir la atención en las cosas materiales para privilegiar nuestra relación con las demás personas.

Ahora quiero contarte sobre uno de los estudios científicos más impresionantes jamás realizados: el Estudio del Desarrollo de Adultos. Todo comenzó en la Universidad de Harvard hace más de 80 años. Allí se seleccionó a un grupo de personas y a partir de ese momento se intentó documentar año tras año cada aspecto de sus vida: análisis de sangre, estudios a sus cerebros, entrevistas con ellos, con sus parientes, con sus amigos, etcétera.

¡Ese seguimiento todavía continúa, casi un siglo después, con los últimos sobrevivientes, todos ellos mayores de 90 años! En estas ocho décadas pasó de todo: siguieron profesiones de lo más variadas, algunos enloquecieron, otros enfermaron. ¡Incluso uno llegó a ser uno de los más célebres presidentes de los Estados Unidos!

¿Qué se aprendió de semejante esfuerzo? El resultado fue haber identificado el más importante de los hábitos para alcanzar la felicidad. De todas las características relevadas, la que mejor permite predecir el grado de satisfacción vital de una persona es. la calidad de las relaciones humanas que cultiva. Quienes más y mejor viven son aquellos que mantienen vínculos de amistad, familiares y comunitarios fuertes. Los más aislados sufren más, su salud se deteriora más rápido y acaban muriendo antes.

Esta conclusión puede parecer obvia, y sin embargo, muchos de nosotros vivimos convencidos de que lo que nos falta para sentirnos satisfechos es lograr ese ascenso que nos es esquivo, cambiar el auto por uno más nuevo u otras metas similares, buscando la felicidad allí donde no está: en la posesión de cosas materiales en lugar de en la relación con las personas.

Quizás la cara más simpática de nuestra imposibilidad de consumir con normalidad en estos meses de aislamiento sea la necesidad imperiosa de visitar al peluquero. A medida que las semanas avanzan, cada vez vamos teniendo un aspecto más salvaje, pero también más sincero, sin nadie que emprolije nuestro cabello ni oculte nuestras canas. Con la mayoría de los negocios cerrados, nuestro gasto se concentró en alimentos, productos de farmacia y no mucho más. Y más allá de nuestro esfuerzo por teletrabajar, la caída en el nivel de actividad general empujó a muchos a bajar el ritmo, cancelar viajes, posponer reuniones.

Al mismo tiempo, debimos dedicar más horas a ayudar a nuestros hijos con las tareas, a conversar con nuestras parejas, a acompañar a los adultos mayores cercanos, a empatizar con los profesionales de la salud o quienes peor la están pasando en este difícil contexto.

De aquí a un tiempo, si lo deseamos, podremos volver a estar menos en casa, correr a lo loco, ver menos a nuestros seres queridos y volver a pelear por aquel esperado ascenso o cambio de auto. Pero también podremos tomar una decisión distinta y procurar un nuevo equilibrio para nuestras vidas. Ese es el mayor aprendizaje que puede ofrecernos esta pandemia. Cuando esta enfermedad finalmente quede atrás, ¿realmente querremos volver a la normalidad ?

Esta nota es la sexta de una serie de siete artículos sobre el impacto de la pandemia que escribí para la Revista La Nación. Podés leer las notas anteriores aquí:
Parte 1: ¿Quisieras que todo vuelva a ser como era?
Parte 2: El encierro humano y el alivio del ambiente
Parte 3: Un día sin médicos, repartidores, docentes, etc.
Parte 4: La pandemia, una tragedia anunciada
Parte 5: La enfermedad de la globalización
Parte 6: Las clases virtuales y el futuro de la educación

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