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15-07-2019

Volver a la luna (¡esta vez para quedarse!)

Curiosamente, para quienes nacimos a partir de 1970, la que quizás haya sido la mayor proeza tecnológica de la historia de la humanidad está asociada con el pasado y no con el futuro. A unos pocos días de que se cumplan 50 años de la llegada a la Luna, las hazañas de los ingenieros y astronautas que hicieron aquella gesta posible parece un relato mitológico donde lo que más se destaca es la extrema precariedad de las naves y computadoras utilizadas para trasladar y traer de regreso a otro mundo a estos valientes. Después de todo, uno solo de los teléfonos celulares que llevamos en el bolsillo para jugar al solitario tiene una capacidad muchos millones de veces más poderosa que todas las computadoras disponibles para la NASA combinadas en aquel entonces. Hasta es posible que tu reloj tenga más poder de cómputo que la máquina a bordo de las naves Apollo.

El hecho de jamás haber regresado llevó a algunos disparatados a poner en duda que los viajes realmente hubieran sucedido. La realidad es otra: el costo de aquellas primeras misiones, a valores de hoy, alcanzaría los 120.000 millones de dólares. ¡Este valor supera el producto bruto anual de Uruguay, Paraguay y Bolivia sumados! Y la realidad, salvo por la bravuconada de superar a los rusos en una carrera de egos, es que no había nada que hacer allí. La única razón de Estados Unidos fue demostrar que eran capaces de hacerlo.

En realidad, ir a la Luna no era tan caro. Bastaba un cohete y un módulo capaz de aterrizar. La mayor parte del exorbitante costo de aquellas misiones era la necesidad de regresar luego a la Tierra, que implicaba lanzar en la misma misión una nave que pudiera despegar desde allí, disponer el propelente de regreso y otra que pudiera resistir los enormes rigores del reingreso en la atmósfera de nuestro planeta.

Medio siglo después, finalmente, estamos a punto de regresar. Y esta vez seguramente sea para quedarnos. Estamos en los albores de una nueva era de exploración espacial, que verá a los seres humanos vivir en la Luna por largos períodos de tiempo. La experiencia de mantener personas con vida en el espacio, adquirida en los últimos 30 años gracias a la estación espacial Mir y la ISS, hace que la posibilidad de desarrollar hábitats en la superficie lunar sea menos alocada de lo que a priori parece. Y una misión que separe el ticket de ida del de regreso podría ser mucho más razonable económicamente que las intentadas hace medio siglo.

Y esta vez sí hay una razón para ir a la Luna, más allá de la competencia de egos que promovió la Guerra Fría: establecer una presencia permanente en nuestro satélite allanará notablemente los desafíos de llevar luego humanos a Marte y algún día a otros cuerpos celestes. Ante las incertidumbres que la propia actividad humana genera sobre la ecología de nuestro planeta, necesitamos desarrollar un plan B que nos permita tener una copia de resguardo de la vida surgida en la Tierra.

Cuando en unos días, el 20 de julio de 2019, se cumpla el quincuagésimo aniversario de aquel “pequeño paso para un hombre y gran salto para la humanidad”, finalmente estaremos cerca de que aquella hazaña deje de ser un lejano recuerdo del pasado y vuelva a ser un componente central de nuestra capacidad para construir el futuro.

Esta nota fue publicada en mi columna de la Revista La Nación el 30 de junio de 2019

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