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13-05-2019

¿Quién quiere vivir para siempre?

Hace un tiempo destiné una de mis columnas de radio a los avances médicos que auguran que pronto podamos vivir muchísimos años más. Como suelo hacer, antes realicé una encuesta entre quienes escuchan el programa. La mayoría no ve venir el cambio que posiblemente se avecina: la expectativa de vida que estiman para sí mismos no supera los 85 años. Sin embargo, ese no fue el resultado más llamativo: la mayor sorpresa fue que, al preguntarles a los oyentes cuántos años ellos querrían vivir, habilitados a pedir tanto como desearan, el 73% eligió menos de 100 años. Apenas una fracción muy chica de la gente expresó el deseo de vivir indefinidamente. ¿Será realmente que, teniendo la posibilidad de evitarlo, la gran mayoría preferiría de todos modos morir?

Este resultado me dejó confundido y quiero aquí conjeturar algunas posibles razones. En muchos casos la razón para rechazar la idea de extender la vida posiblemente provenga de convicciones religiosas. Pero en muchos otros, en mi opinión la causa de esa “preferencia por morir” surge de tres malos entendidos:

1) En primer lugar, cuando la mayoría de las personas imagina vivir más supone extender la senilidad. Piensan: si un ser humano está decrépito a los 100, ¡cuánto peor estará a los 200! Sin embargo, el único camino posible para extender la vida humana pasa por eliminar el envejecimiento. Lo que se prolongaría de manera indefinida es la juventud, no a la vejez.

2) En segundo lugar, otros sostienen que “la muerte le da sentido a la vida” y que la finitud es fundamental como motor para querer hacer cosas. Pero la realidad es que no podemos saber cómo sería vivir sin la muerte acechando en el horizonte. No es obvio que en ese escenario perdiéramos el deseo de hacer cosas. Quizás los miles de años de saber que el deterioro físico gradual y la muerte son inevitables nos llevaron a construir justificaciones que nos hagan más llevadero convivir con la amenaza permanente del fin.

3) Por último, está la confusión de pensar a la inmortalidad como condena irreversible, alimentada por la literatura, por ejemplo Jorge Luis Borges con su célebre cuento El inmortal. Allí, él pinta un retrato desolador de una ciudad habitada por seres que no pueden morir, ni aunque lo deseen. Desesperados por estar “condenados a vivir”, buscan como sea recuperar su mortalidad. Resulta claro que esa nunca podría ser la situación, ya que, aún sin envejecer ni enfermarnos, siempre seguirían existiendo los accidentes fatales.

En una notable charla TED, Aubrey de Grey busca mostrar esto por el absurdo: “Levante la mano quien esté a favor de la malaria”, desafía. “La principal razón por la que pensamos que la malaria es mala es por una característica que tiene en común con el envejecimiento: nos mata. La única diferencia es que el envejecimiento mata a mucha más gente”.

Las investigaciones de de Grey buscan probar lo antes posible con ratones que es factible prolongar la vida, convencido de que, cuando finalmente veamos que es viable vivir mucho más, nuestra actitud de rechazo cambiará y decidiremos invertir más tiempo y dinero en las investigaciones sobre el tema. Es interesante considerar que si reasignáramos una fracción pequeña de lo que la humanidad destina a armamentos y ejércitos para matar, y lo usáramos para extender la vida, probablemente ya seríamos todos inmortales hace rato.

Esta nota fue publicada en mi columna de la Revista La Nación del 21 de abril de 2019

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