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22-09-2018

El avance del terraplanismo y otras teorías conspirativas

Que las conspiraciones existen no cabe la menor duda. Figuras históricas como el emperador romano Julio César o Abraham Lincoln cayeron víctimas de algunas de ellas. Pero por cada conspiración real existen decenas de teorías conspirativas, la mayoría de ellas totalmente disparatadas y sin la menor evidencia que las avale.

Internet y las redes sociales le dieron un impulso inédito a este fenómeno, ofreciendo la plataforma perfecta para que los impulsores de esas ideas descabelladas puedan intentar convencer a los demás. Después de todo, si logran que su explicación sea aceptada por todos dejaría de ser vista como una “teoría” y pasaría a ser la nueva “historia oficial”. Por eso pelean y pelean para intentar imponer su versión de los hechos. Algunos lo hacen movidos por convicción genuina, otros para impulsar su agenda extremista, otros simplemente por interés comercial.

Quizás la más insólita de las teorías conspirativas que circulan en las redes sea el “terraplanismo”: a pesar de la abrumadora evidencia contraria, ¡un 3% de las personas están convencidas de que nuestro planeta es plano! La redondez de la Tierra ya la había descubierto Pitágoras en el siglo VI a.C. y 400 años después Eratóstenes incluso había medido el diámetro con gran precisión. La sombra de la Tierra sobre la Luna en los eclipses, las imágenes tomadas por satélites desde el espacio o la posibilidad de llegar a Japón tanto viajando hacia el este como hacia el oeste no les hace mella: todos esos son “engaños de la NASA y los gobiernos” para mantener a la gente en la ignorancia, convencidos de vivir sobre una esfera.

Pese a la falta de sustento de la mayoría de sus planteos, a los conspiracionistas no les está yendo tan mal: en una encuesta que realicé para mi columna radial, casi 9 de cada 10 personas cree en alguna teoría conspirativa. Y la mitad cree en 4 o más.

¿Por qué tienen éxito? Las razones son varias. En primer lugar, quienes defienden las visiones alternativas suelen destinar mucho más tiempo y esfuerzo en esparcir sus ideas descabelladas que quienes no haríamos mucho esfuerzo por demostrar lo que parece obvio. En otras palabras, en el ruido de la vida moderna los conspirativos gritan más fuerte. La segunda causa se apoya en la tendencia de dar por ciertas sin demandar validación empírica aquellas ideas que coinciden con nuestros prejuicios previos. Como ejemplo, la idea de que los estadounidenses nunca llegaron a la Luna es mucho más aceptada en aquellos países donde el sentimiento antinorteamericano de la población es más marcado.

La tercera razón es la más simpática de todas. En filosofía se conoce como “principio de la navaja de Occam” a la idea de que cuando existen explicaciones alternativas para un fenómeno, seguramente la verdadera sea la más simple. Ese es el criterio que suele primar entre los científicos y pensadores serios. Sin embargo, cuando hice la encuesta para la columna de radio pregunté también: “Cuando ocurre algo raro, ¿qué explicación normalmente creés: la más simple o la más misteriosa?”. Frente a esa disyuntiva, 30% de las personas prefieren la versión más extraña e intrigante. Esa preferencia por el misterio es un rasgo profundamente humano, que sin embargo nos expone a caer en el juego de los extremistas y charlatanes.

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