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14-07-2018

Multitasking: Haciendo todo y nada

Acompañar el ritmo vertiginoso que le imprimen a la vida internet y las redes sociales es un desafío para todos. Pero el reto es mucho mayor aún para los que enfrentamos el mundo del siglo XXI con cerebros “cableados” en el siglo XX. La mayoría de quienes leen esto, yo incluido, crecimos, en un mundo muy diferente al actual. Tal vez no fuéramos esencialmente diferentes a los niños de hoy en nuestra capacidad de resistir los estímulos distractivos. Simplemente, ¡es que casi no los había! Igual que sucede hoy, ir al colegio podía parecernos aburridos. Pero, ¿cuál era la opción? Cuando yo faltaba a clase, no había televisión hasta las 10. Y recién a las 11 estaba el único un programa infantil con dibujos animados de la mañana. Pero la “panacea” apenas duraba una hora. Después volvía con toda su fuerza la necesidad de inventar algo que hacer para no aburrirse.

El acostumbramiento a la abundancia de estímulos hace que ahora hacer una sola cosa se nos vuelva insuficiente. Tan pronto pasamos un cierto rato enfocados en alguna actividad, nuestra mente empieza a pedirnos más. En palabras del economista Herbert Simon, “Lo que la información consume es obvio: consume la atención de quien la recibe. Por eso la riqueza de información crea pobreza de atención”. Ted Selker, profesor del MIT y autor de una interesante conferencia TED, estima que nuestro tiempo de concentración cuando estamos navegando en internet es de apenas nueve segundos, el mismo tiempo que tiene un pececito dorado de los que tenemos como mascotas.

Uno de los mayores expertos mundiales en “multitasking”, el profesor de psicología de la Universidad de Michigan David Meyer, coincide y sostiene que nuestra dificultad de enfocarnos en una tarea determinada está adquiriendo ya ribetes de epidemia: “una plaga cognitiva capaz de anular la capacidad de concentración y pensamiento productivo”.

No queda claro si hacemos esto porque creemos que podemos realizar más de una cosa a la vez o si, peor aún, lo hacemos porque ya no somos capaces de enfocar nuestra atención en algo acotado por un período suficientemente largo. Pero la realidad es que cada vez más sucumbimos a la tentación de hacer varias tareas en paralelo. Y esto tiene una gran contra. Tanto por avanzar más lento en cada una como por las pérdidas de tiempo que implica cada cambio de actividad, las interrupciones desploman hasta un 40% nuestra productividad, aumentan significativamente nuestra tasa de error y reducen el placer potencial obtenido de realizar esas labores.

Y otros peligros son aún más tangibles: el número de accidentes por el uso de dispositivos, tanto al conducir como al caminar o cruzar las calles va aumentando de manera casi exponencial. La distracción producida por usar un aparato está ya presente en uno de cada cuatro accidentes callejeros.

Cuando hoy le cuento a mis hijos que cuando yo era niño solo había cinco canales de TV y una hora de dibujos animados por día ellos me miran con incredulidad, casi sorna. Cierro los ojos y puedo imaginar a mis nietos mirándome de la misma manera y diciendo: “¿¿¡¡En serio vos hacías una sola cosa todo el tiempo durante más de cinco minutos??!!”.

¿Deberemos, como camino de salida de este embrollo, aprender a controlar mejor nuestro impulso de usar las herramientas disponibles hoy en día? ¿Descubriremos una nueva manera de enfocar nuestro pensamiento sin repudiar la tecnología? ¿O habrá que acomodarse a este nuevo modo y aprender a vivir pensando de una nueva manera desenfocada, con la concentración como curiosa reliquia del pasado?

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