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02-06-2018

La trampa de la pasión

“Tenés que encontrar lo que te apasiona en la vida y construir tu futuro alrededor de esa pasión”. En el final de mi adolescencia, ese momento crucial de la vida en que tenemos que decidir en serio “qué queremos ser cuando seamos grandes”, una persona cercana me dio este consejo. Estoy seguro que cuando pasaste por esa etapa o en algún momento bisagra de la adultez en que estabas revisando tu rumbo recibiste, palabra más, palabra menos, una recomendación similar.

Cuando unos años después fundé mi primer emprendimiento, creí haber encontrado mi pasión y comencé con un entusiasmo enorme. Y a pocas semanas de lanzar mi proyecto me sentí abrumado por la enorme cantidad de tareas pesadas y rutinarias que debía llevar a cabo cada día. Frecuentemente pensaba: “¿Dónde diablos está la pasión en todo esto?”. Después de mucho esfuerzo por encontrarla concluí que no había absolutamente nada de apasionante en lo que estaba haciendo. ¿Qué estaba saliendo mal? ¿Me habría equivocado de profesión? Pero pese a eso, mi entusiasmo no decaía ni un poco. Me levantaba cada la mañana lleno de energía, determinado a sobrellevar la rutina y superar los obstáculos necesarios para sacar mi emprendimiento adelante. No podía entender la aparente contradicción.

La idea de que la pasión debiera funcionar como guía de nuestros actos está muy arraigada y por eso me tomó bastante tiempo darme cuenta de lo que estaba pasando. Finalmente concluí que aquella idea de hacer lo que te apasiona no era más que una trampa.

Por un lado, la pasión es esencialmente emocional. Como un romance adolescente de verano, por su propia intensidad, es efímera e insostenible. Una base demasiado endeble y cambiante sobre la cual construir un proyecto de vida. Pero la razón más importante es más profunda: cualquier gran meta que te propongas en la vida, sea arrancar un emprendimiento, componer una ópera o encontrar la cura para el cáncer, implica un largo proceso de subir una cuesta empinada, llena de tareas tediosas carentes de todo tipo de pasión. Thomas Edison debió intentar diez mil modelos diferentes hasta encontrar la bombilla eléctrica que funcionó. Quizá el primer intento o el décimo fueron apasionantes. Pero el tres mil setecientos dieciocho, ¿cuán apasionante puede haber sido? Si la falta total de pasión en las tareas hubiera lo hubiera desalentado, el notable inventor difícilmente hubiera logrado alcanzar su descubrimiento.

En definitiva entendí que lo que había movido a Edison a hacer semejante esfuerzo era algo mucho más noble y profundo que la pasión: el tener un propósito. El propósito tiene también un elemento emocional clave, pero se apoya sobre un basamento racional mucho más sólido. Es mucho más estable y difícilmente cambie demasiado a lo largo de una vida. Retomando la metáfora de pareja, los matrimonios que perduran no son aquellos que se sostienen del romance sino los que, en pos de un proyecto familiar pueden lidiar con las dificultades, las frustraciones, la rutina, sin perder por eso el entusiasmo y el compromiso conjunto.

El propósito es una meta que te importa tanto como para estar dispuesto a hacer cosas muy poco apasionantes con tal de avanzar, incluso resistir fracasos parciales. La pasión, a fin de cuentas, funciona como una distracción. Cuanto más rápido la corras del medio, más rápido te enfocás en hacer lo que es realmente valioso. En otras palabras, buscar tu propósito no se trata solo de hacer lo que te excita sino de descubrir aquello que te trasciende y conecta con los demás: la huella que querés dejar en el mundo.

Esta nota fue publicada en mi columna en la Revista La Nación el domingo 3 de junio de 2018

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