Este es un año electoral. Por esa razón, hace dos semanas publiqué un primer post sobre política, en ese caso el post invitado de Raquel Alvarez sobre su vínculo emocional con el Kirchnerismo. Allí invité a que otros que quisieran expresar ideas diferentes escribieran también para enriquecer la discusión con visiones distintas.
El primero en recoger el guante fue Miguel Braun. Yo conozco a Miguel hace más de 20 años y es, sin lugar a dudas, una de las mentes más brillantes que conozco. Doctorado en Economía en Harvard, es docente de diversas materias en numerosas universidades y fue uno de los fundadores de CIPPEC, el «think tank» de políticas públicas más importante de Argentina. Actualmente se desempeña como director ejecutivo de la Fundación Pensar.
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«Volver al futuro», por Miguel Braun
Carlos trabajaba en un casino. Le iba bien. Sacó un crédito y se compró un departamento. Entregó el viejo Renault 9 y se subió a una camioneta Honda CR-V. Unos años después pudo cumplir el sueño de la casa de fin de semana en Nordelta.
Pero un día lo pescaron quedándose con unas fichas de más y lo echaron. Carlos tuvo que vender la camioneta y la casa en Nordelta. Alquiló su depto y se mudó a uno más chico.
Hasta que se sacó la lotería. Premio compartido. 500,000 dólares. Mucha plata, pero no suficiente para dejar de trabajar si quería mantener su nivel de vida. El padre le recomendó poner 100,000 e irse a hacer un MBA, invertir 300,000 para armar un negocio y guardarse 100,000 por las dudas. Su amigo Mariano le dijo: “Carlitos, la vida es corta. Acordate del futbolista George Best, que dijo que gastó casi toda su fortuna en mujeres, autos y alcohol, y el resto lo desperdició”.
Carlos, como la Argentina, optó por el corto plazo. Quizás tenga suerte y se saca otra lotería cuando se le acaben los 500,000. Pero quizás no.
Los términos de intercambio, la relación entre los precios de lo que exportamos sobre lo que importamos, vienen mejorando desde 2003. El precio de la soja está en las nubes. Brasil crece y el real está carísimo. Las tasas de interés en el mundo están bajísismas. China, India y los emergentes crecen como nunca, y sus nuevos ciudadanos, los que salen de la pobreza agrícola y llegan a la ciudad, quieren comer, quieren viajar, quieren ver películas, quieren muebles y ropa con diseño… todas cosas que los argentinos hacemos bien. Para encontrar otro período de 8 años con un contexto externo tan favorable para nuestro país hay que remontarse a fines del siglo XIX y principios del XX. Nos sacamos la lotería.
Y nos la estamos gastando. La mayoría de los argentinos tienen más plata hoy que en 2003. La pobreza era 56% al salir de la crisis, y hoy, bien medida, ronda el 25%. Se crearon millones de empleos y el desempleo cayó de 26% a 7,5%. Se recuperó el valor de los activos: los departamentos, las acciones, los campos valen mucho más hoy que en 2003. La mayoría está mejor, pobres, ricos y clase media, y por eso no es misterio que Cristina haya ganado con 50% de los votos. Igual que Menem en 1995.
El gran mérito del kirchnerismo es haber repartido la lotería entre (casi) todos. El gran defecto del kirchnerismo es haber hecho poco para que sigamos creciendo cuando se acabe la fiesta.
Argentina tiene una dotación de recursos similar a Australia. Ambos países son grandes, periféricos, ricos en tierra fértil, minerales y paisajes envidiables. Ambas poblaciones tienen un buen nivel educativo. Por eso producimos cosas parecidas: agroindustria, minería, turismo… La gran diferencia es que los australianos son más productivos. Cada trabajador australiano produce en promedio el doble que un argentino en la misma industria, y por eso los australianos son el doble de ricos que nosotros. La única manera de alcanzarlos es invertir en capital y tecnología que nos hagan trabajar mejor, e invertir en educación del siglo XXI para que podamos usar bien ese capital y esa tecnología.
Ese camino es el que no tomó el kirchnerismo. Aumentó los impuestos como nunca en la historia para apropiarse de parte de la fiesta y gastó. El gasto público pasó de 30% a 40% del PBI, y ese gasto fue sobre todo a transferencias. Las más dolorosas son los subsidios a la energía y al transporte, que este año serán $80,000 millones, y benefician más a los ricos y a la clase media que a los más pobres. Es cierto que gastó algo más en infraestructura, pero menos de lo necesario y de manera ineficiente. Por eso hoy estamos importando fuel oil caro y contaminante de Venezuela en vez de autoabastecernos de energía. Es cierto también que aumentó el gasto educativo de 4 a 6% del PBI, pero en las pruebas internacionales de PISA empeoraron nuestros resultados mientras Brasil, Chile y Uruguay mejoraron. No alcanza con gastar más, hay que gastar mejor.
Los controles de precios, la arbitrariedad en los permisos de exportación, la falta de crédito al sector privado, la inflación y el permanente beneficio a los amigos en las licitaciones crearon un clima poco favorable para la inversión productiva. ¿Hubo inversión? Si. El que vende y le va bien invierte para mantener y aumentar sus ventas. Pero no invierte en la Argentina el que tiene un proyecto de alto riesgo que requiere hundir mucho capital. Y esa es la inversión que transforma una economía. Hacer muchas torres no asegura el crecimiento a largo plazo y no aumenta la productividad. Es apenas una manera de gastarse la lotería.
Y la lotería se va a acabar. La historia enseña que toda bonanza se revierte tarde o temprano, y enseña que las crisis no avisan, suceden. Todavía estamos a tiempo de usar esta bonanza para recuperar el futuro. Alcanza con mejorar el clima de negocios, estabilizar la inflación, profundizar la integración con el mundo para potenciar nuestras exportaciones y traer tecnología de punta, mejorar la calidad de la inversión en educación e infraestructura y dejar de lado el avasallamiento de las instituciones. En democracia la regla es la alternancia en el poder, y las instituciones como la justicia, la administración pública profesional, el periodismo independiente, son los que garantizan el respeto de los derechos de las minorías circunstanciales. Todos somos argentinos: hoy le toca gobernar al kirchnerismo, pero mañana le tocará a otro. Si se tomaran el tiempo para reflexionar, los que hoy gobiernan se darían cuenta de que a largo plazo nos conviene a todos que las instituciones funcionen.
Ojalá que Cristina aproveche la oportunidad para cambiar el rumbo: concretamente, que baje el nivel de confrontación política, que cuide las instituciones y que redirija los esfuerzos del Estado para potenciar la productividad y el ahorro. Si lo hace, pasará a la historia como una de las grandes estadistas. Si no, nuestros hijos nos van a preguntar por qué nos gastamos la lotería en vez de ponernos de acuerdo para construirles un futuro mejor.



