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26-07-2016

Morir a manos de robots: el dilema que plantean los autos autónomos

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De acuerdo con datos del Ministerio de Salud los accidentes de tránsito son la séptima causa de muertes en el país, sólo superada por grandes males como la enfermedad cardíaca, el cáncer y los ACV. La cantidad de víctimas totales equivale a un avión de pasajeros estrellándose cada semana. Y eso no considera a quienes sobreviven y acarrean secuelas o largos períodos de recuperación.

La estadística adquiere mucho más dramatismo cuando se considera que las enfermedades mencionadas afectan predominantemente a personas de edad avanzada. Por eso, los siniestros viales son la mayor causa de pérdida de vidas de menores de 35 años en nuestro país.

En la abrumadora mayoría de los casos el origen de los accidentes es la mala conducción: el exceso de velocidad, la agresividad en las maniobras, el consumo de alcohol y la distracción son algunas de las principales causas. La solución parece clara: igual que sucede hoy con los aviones, que vuelan la mayor parte del tiempo en piloto automático, dejar la conducción en manos de computadoras en vez de seres humanos.

El desarrollo de vehículos autónomos lleva ya más de una década, pero las primeras pruebas comenzaron hace apenas tres años. Google fue la primera compañía en sacar sus prototipos de los laboratorios y enfrentarlos al desafío de circular por calles reales. Sus automóviles experimentales recorrieron más de dos millones de kilómetros, registrando a la fecha sólo un incidente menor sin consecuencias serias para los pasajeros.

Más recientemente, la automotriz Tesla, creación del emprendedor más innovador de nuestra época, Elon Musk, dio un paso más allá: añadió a sus autos un modo que permite circular por rutas desentendiéndose de la conducción. No pueden todavía adelantarse a otros vehículos ni tomar una salida, pero sí mantener el carril y ajustar la velocidad si el auto de adelante frena. En sólo dos años, los Tesla acumularon más de 200 millones de kilómetros en ese modo semiautónomo.

Sin embargo, como decía el célebre hipnotizador Tu Sam, todo puede fallar. Era cuestión de tiempo que alguno de esos mecanismos cometiera un error y ocasionase una muerte. A comienzos de este mes Tesla informó que uno de sus vehículos falló en detectar un camión blanco con acoplado que atravesaba la ruta, confundiéndolo con un cielo brillante. El resultado fue que el sistema no intentó frenar, el conductor, distraído, tampoco atinó a tomar el control y el auto impactó de lleno contra el tráiler.

A partir de ese momento, numerosas voces se alzaron proponiendo detener el desarrollo de la conducción autónoma. Como sostiene con ironía Brad Templeton, uno de mis profesores en la Singularity University y gran experto en el tema: “Aparentemente, a la gente no le gusta morir a manos de robots. Prefiere morir a manos de humanos agresivos o borrachos”.

La primera víctima de un accidente de tránsito ocurrió en 1896, pocos meses después de que empezaran a circular los primeros automóviles. Felizmente para todos, no detuvimos el avance tecnológico ni la fabricación de vehículos en aquel momento. Contrariamente, doblamos la apuesta a la tecnología como camino a mejorar las prestaciones y la seguridad de nuestros autos.

Ojalá tengamos ahora la misma lucidez y no permitamos que el árbol de esta muerte nos impida ver el bosque de todas las vidas que podrán salvarse cuando la conducción autónoma madure.

Esta nota fue publicada en la Revista La Nación del domingo 24 de julio de 2016

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