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19-04-2015

El pensamiento mágico

Quienes recuerden la final del Mundial 2014 tal vez crean que la Argentina perdió por la mala definición de Palacio, la tarde poco inspirada de Messi, la pérdida de la marca de Demichelis o el rapto de inspiración de Götze en aquella fatídica jugada sobre el final del alargue. Pero la realidad es otra. Nada de eso tuvo que ver con el resultado. La verdadera razón por la que perdimos la Copa es que ese día, mi amigo Martín no se puso su camiseta de la suerte, la misma que nos había hecho pasar de ronda desde los octavos en adelante. Esa es la triste verdad.

Si estás pensando que me volví loco es porque ahora, meses después y enfriadas las pasiones, la idea de que la remera que utilice un espectador a miles de kilómetros de distancia determine el ganador se ve desenmascarada en todo su sinsentido. Nadie en su sano juicio creería que esa haya sido la causa. Sin embargo, en vísperas de aquel partido una proporción grande de personas eligieron en qué sillón sentarse, con quién verlo o qué ropa usar para respetar una cábala, como si el resultado realmente dependiera de eso.

Fuera del fútbol, es frecuente ver a alguien en la cena ponerse tenso cuando pide el salero e intentamos entregárselo en la mano. O tocar madera para evitar que algo malo les suceda. Hay países donde ciertos edificios no tienen piso 13, como si llamar 14 al que sigue al 12 hiciera alguna diferencia. Estas y otras supersticiones similares son la evidencia más clara del pensamiento mágico: la creencia en que las cosas pueden tener causas sobrenaturales, que escapan a la lógica o la explicación científica.

En una encuesta que realizamos con Gerry Garbulsky como parte de nuestra columna de radio, el 84% de la gente dice no ser supersticiosa. Y sin embargo, enfrentados a una lista, más de la mitad de estas personas tienen 3 o más supersticiones.

Creer es imprescindible: no es posible validar cada vez todo dato. Por esa misma razón es esencial elegir bien en qué creer. Por ejemplo: si alguien sostiene que puede curar una contractura haciendo masaje en el lugar, podemos creer en eso sin mucho análisis. Porque suena plausible y porque el costo del error es bajo. Si ahora sostiene que haciendo un masaje en mi espalda puede lograr la paz mundial, tampoco hace falta análisis: es un embustero. Pero el problema surge en las situaciones intermedias: cierta rama de la medicina alternativa llamada reflexología sostiene que con un masaje en el pie puede tratar todas las partes del cuerpo. Es hora de encender las luces amarillas de nuestro escepticismo: sin una explicación causal aparente, no podemos adoptar esa creencia sin investigar con profundidad lo que nos proponen. ¿Qué evidencia científica existe al respecto?

La experiencia individual (“tengo un amigo al que le hicieron eso y se curó”) no sirve. El pensamiento crítico requiere comparar cómo hubiera sido su evolución si no hacía ese tratamiento y eso no lo sabemos. Sólo la comparación de un grupo amplio contra otro grupo de control permite sacar conclusiones valederas.

Adivinos, curanderos y otros manochantas se abusan de esta falla del juicio crítico para ganarse la vida a costa de personas desesperadas y vulnerables. A veces el fraude alcanza grandes escalas, como sucedió hace unos años con una pulsera holográfica que supuestamente mejoraba el equilibrio y la elongación. Millones de personas la compraron antes de que sus fabricantes admitieran la estafa.

Pero ese es el mal menor: en un mundo que nos enfrenta a un futuro cada vez más complejo, es imprescindible tomar buenas decisiones y eso requiere elegir bien en qué creemos.

Como dijo alguna vez el célebre mago y desenmascarador de pseudociencia James Randi: “¡El que crea en la telequinesis que levante MI mano!”

(Esta nota fue publicada en la Revista La Nación del domingo 19 de abril de 2015)
Foto: Annette Lyn O’Neil

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